El
primer sábado que pasé en el CIR me cayó servicio de comedores.
Se trataba de poner y quitar platos, vasos, cubiertos, etcétera, en el inmenso comedor del CIR, que ocupaba dos naves de considerable tamaño. Y barrer y fregar dichas naves, por supuesto. Entré de servicio a las ocho de la mañana. Regresé a la compañía
a las once de la noche. A pesar de todo, no fue un trabajo excesivo,
ya que todo lo hicimos con mucha calma. Rompí un plato. Como ya
llevaba tres días allí y ya había comprobado que el sentido del humor no abundaba por aquellos barrios, me
pareció inadecuado informar de la novedad al inmediato superior. Así
que, sin que nadie me viera, me tomé la libertad de ir a por una escoba, recogí los restos
del caído y los eché en el cubo de la basura. En el despacho
del oficial responsable del comedor, Franco reinaba después de
muerto desde una foto inmensa colgada en la pared. No había a la
vista ninguna imagen del Rey, Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas,
recordemos.
Historias de mi puta mili. Narración de hechos y vivencias acaecidos a mi persona entre julio de 1981 y agosto de 1982, período en el cual formé parte activa y no voluntaria del Ejército de Tierra, arma de Artilleria. Parafraseando a Les Luthiers, todo lo que se narrará aquí no sólo fue verídico, sino que además fue cierto.
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jueves, 12 de noviembre de 2015
miércoles, 4 de noviembre de 2015
Ráfaga 6
En
el bar de la estación desayunamos el segundo bocata del yayo
brigada, mientras esperamos que nos venga a recoger un autocar que
nos ha de llevar hasta el CIR (Centro de Instrucción de Reclutas, recordemos)
situado en la bonita localidad de El Ferral del Bernesga. El señor
del bar no tiene la culpa de que estemos allí -nosotros tampoco, la
verdad-, así que le hacemos gasto: cervezas, coca colas, cafés con
leche... Desgraciadamente aparece el autocar. Subimos a él, escoltados por
cuatro veteranos chulitos con gafas de sol, paquete de Ducados en el
bolsillo de la camisa y banderita española en la correa del reloj,
que nos dan la bienvenida pasando la gorra solicitándonos un
donativo absolutamente voluntario para sus gastos diversos. Todo el
mundo pone algo en la puta gorra, pobre del que no ponga, le
esperaría un campamento aún más duro de lo que nos encontraremos.
Por supuesto que estas prácticas están prohibidas y que los mandos
se encandalizarían y tomarían serias medidas si se enteraran de
ellas. Pero como no se enteran...
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