La
instrucción sólo se interrumpía media hora a las once, para
comer un bocadillo. Hacía un calor sofocante y había
un sólo botijo para una compañía de 170 tíos. El menú era algo monótono, un bocadillo de fuagrá (Zopa díxit) i un trago de agua. Y a veces, ni trago de agua. Tras la pausa,
a veces hacíamos teórica en el garigolo. El garigolo era una
barraca cutre con cutres bancos de madera y un techo cutre a base de
placas de uralita, algunas translúcidas, que dejaban
pasar todo el calor del sol y hacía que nos cociéramos vivos allí
dentro. Casi era preferible pegar tumbos por el campo. De
regreso a la compañía, teníamos apenas media hora para
ducharnos y formar para ir a comer. Las duchas estaban
en la planta baja del edificio. Sin duda, era el lugar más agradable
del CIR en verano: dos paredes paralelas,
situadas a una distancia de un metro y medio, por las que asomaban
muchos caños, situados arriba y abajo. El agua fría salía a
presión. Daba gusto demorarse y dejar resbalar el
agua un largo rato por la piel, después de haber estado
toda la mañana saltando y haciendo el gilipollas. Uno de los
placeres mayores del CIR era plantarse ante uno de los caños
superiores, abrir la boca y beber, beber, beber... Era
recomendable, eso sí, vigilar los caños situados en la parte
inferior, ya que si un chorro a presión impactaba en los
huevos, la sensación no era tan placentera. Dos metros más
allà, los maricones latentes se daban el lote pasando entre
los mojados cuerpos desnudos. Otro placer consistía
en salir de la ducha y descubrir que no te habían robado
la toalla, la camiseta, las zapatillas...
Historias de mi puta mili. Narración de hechos y vivencias acaecidos a mi persona entre julio de 1981 y agosto de 1982, período en el cual formé parte activa y no voluntaria del Ejército de Tierra, arma de Artilleria. Parafraseando a Les Luthiers, todo lo que se narrará aquí no sólo fue verídico, sino que además fue cierto.
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martes, 15 de diciembre de 2015
sábado, 21 de noviembre de 2015
miércoles, 18 de noviembre de 2015
Ráfaga 18
Primer
servicio. Primera imaginaria de puerta, de 11 a 1 de la noche. La cosa consistía
en estar en la puerta de la compañía un par de horas y dar
novedades si se presentaba un mando. O dar la alarma si se presentaba
el enemigo. El cabo cuartel me dio la lista de todo el armamento
que había en la compañía. Debía memorizarla y recitarla a todo
superior que se presentara per allí.
Doce
menos cuarto de la noche. Llegó el sargento.
-
A la orden, mi sargento. Hay 187 cetmes, 187 bayonetas, trescientos
veintidós cargado...
-
Vale, vale, descanso. Dame la llave de mi cuarto.
-
A sus órdenes.
El sargento también era un hombre práctico. Sólo pretendia irse a dormir y se la sudaba el inmenso potencial bélico almacenado en la 34.
Había
otro imaginaria, que hacía la ronda en el dormitorio. Su principal
cometido era llevar el botijo a quien se lo demandara. Si el botijo
se quedaba sin agua, debía llenarlo rápidamente en el lavabo. En un
grifo del lavabo, se entiende. Esta imaginaria era más complicada, porque aunque en el dormitorio se apagaban las luces a las once de la noche, no todo el mundo se dormía enseguida. También estaban los veteranos rondando por allí, puteando al personal y tocando los cojones. La misión del imaginaria era velar por el orden en el dormitorio, pero sería suicida llamarle la atención a un veterano, así que lo mejor era hacerse el loco y esperar a que a aquellos anormales les entrara sueño.
Como aún no habíamos jurado bandera
no podíamos llevar armas durante la imaginaria. Una vez cumplido el trámite de la
bandera, nos darían una bayoneta y seríamos invencibles.
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