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martes, 15 de diciembre de 2015

Ráfaga 27

La instrucción sólo se interrumpía media hora a las on­ce, para co­mer un bocadi­llo. Hacía un calor sofocante y ha­bía un sólo botijo para una com­pañía de 170 tíos. El menú era algo monótono, un bocadillo de fuagrá (Zopa díxit) i un trago de agua. Y a veces, ni trago de agua.  Tras la pausa, a veces ha­cíamos teórica en el garigolo. El garigolo era una barraca cutre con cutres bancos de madera y un techo cutre a base de placas de uralita, algu­nas translú­ci­das, que dejaban pasar todo el calor del sol y hacía que nos cociéramos vivos allí dentro. Casi era preferi­ble pegar tumbos por el cam­po. De re­greso a la compa­ñía, teníamos apenas media hora para duchar­nos y for­mar para ir a comer. Las duchas esta­ban en la planta baja del edificio. Sin duda, era el lugar más agradable del CIR en ve­rano: dos pare­des pa­rale­las, situadas a una distancia de un metro y medio, por las que aso­maban muchos caños, situados arriba y abajo. El agua fría salía a pre­sión. Daba gusto de­mo­rarse y dejar resbalar el a­gua un largo rato por la piel, des­pués de haber estado toda la mañana saltando y ha­ciendo el gilipollas. Uno de los place­res mayores del CIR era plantarse ante uno de los caños su­periores, abrir la boca y beber, beber, be­ber... Era recomenda­ble, eso sí, vigilar los caños situados en la parte inferior, ya que si un cho­rro a presión impactaba en los huevos, la sen­sación no era tan pla­centera. Dos metros más allà, los marico­nes latentes se daban el lote pasando en­tre los moja­dos cuer­pos desnudos. Otro placer con­sistía en salir de la ducha y descu­brir que no te habían roba­do la toa­lla, la cami­seta, las zapa­tillas...

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Ráfaga 18

Primer servicio. Primera imaginaria de puerta, de 11 a 1 de la noche. La cosa consistía en estar en la puerta de la compañía un par de horas y dar novedades si se presentaba un mando. O dar la alarma si se presentaba el enemigo. El cabo cuartel me dio la lista de todo el ar­mamento que había en la compañía. Debía memorizarla y recitarla a todo supe­rior que se presentara per allí.
Doce menos cuarto de la noche. Llegó el sargento.
- A la orden, mi sargento. Hay 187 cetmes, 187 bayonetas, trescientos veintidós cargado...
- Vale, vale, descanso. Dame la llave de mi cuarto.
- A sus órdenes. 
El sargento también era un hombre práctico. Sólo pretendia irse a dormir y se la sudaba el inmenso potencial bélico almacenado en la 34.  
Había otro imaginaria, que hacía la ronda en el dormitorio. Su principal cometido era llevar el botijo a quien se lo demandara. Si el botijo se quedaba sin agua, debía llenarlo rápidamente en el lavabo. En un grifo del lavabo, se entiende. Esta imaginaria era más complicada, porque aunque en el dormitorio se apagaban las luces a las once de la noche, no todo el mundo se dormía enseguida. También estaban los veteranos rondando por allí, puteando al personal y tocando los cojones. La misión del imaginaria era velar por el orden en el dormitorio, pero sería suicida llamarle la atención a un veterano, así que lo mejor era hacerse el loco y esperar a que a aquellos anormales les entrara sueño.
Como aún no habíamos jurado bandera no podíamos llevar armas durante la imaginaria. Una vez cumplido el trámite de la bandera, nos darían una bayoneta y seríamos invencibles.