Una
de las imágenes más impresionantes que uno guarda del servicio
militar es la del Tío Tirantes practicando Taecuondo. Muchos
días, a la hora de paseo, se ponía un kimono, cogía los luchakos,
o los munchakos, o como coño se llamen los dos palos unidos por una
cadena, se plantaba en medio de la sala de la televisión y empezaba
dale que dale, a mover los palos y la cadena, dando gritos atroces.
Su cara sufría una transformación espectacular. Su semblante
de tortuga iba adquiriendo progresivamente una bonita
tonalidad rojiza. Empezaba a sudar copiosamente y cada vez se parecía
más al espectro de Bruce Lee. Por fin, cuando el color de su cara se
aproximaba peligrosamente al morado intenso, una especie de
reloj interior le avisaba de que convenía terminar la sesión.
Entonces el Tío Tirantes se relajaba, volvía al Planeta
Tierra y recuperaba su aguerrido porte militar, barriga incluida. Al
principio congregaba a su alrededor un nutrido grupo
de espectadores, esperanzados en que se le escapara algún
lunchako y se partiera la cara él solito. Hubiera sido entretenido
para variar, pues siempre se la partía Conesa. Pero no, el Tiri
dominaba la técnica. Así que pronto dejó de interesar al personal y al poco
tiempo nadie le hacía caso. Conociendo sus antecedentes
familiares e ideológicos, no se podía descartar la sospecha
de que aquel capullo, en la vida civil, fuera algún guerrillero
fascista de los que corrían por aquellos años por las
universidades. Vete a saber.
Ahora,
muchos años después de la licencia, me lo imagino felizmente casado
con su novia de toda la vida –una rubia espectacular, ésa es la
verdad. Pudimos verla en Navidad, cuando la trajo a la batería a ver
el bonito cañón-pesebre de La Tulipe. ¡Qué sádico!-, que le hace
el salto con un piloto del SEPLA. Vive en un bonito adosado en una
urbanización pija del norte de Madrid, trabaja de ingeniero en
Telefónica, tiene un hijo tan gilipollas como él y es feliz dueño
de un Rotweiler. Y vota al PP, por supuesto.
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