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martes, 3 de mayo de 2016

Tirar de cadena 3

Mi última guardia como artillero -al día siguiente me nom­braban cabo tomatero- la hice en Polvorines. Polvorines era un bonito descampado situado a unos cuatro quilómetros de Se­govia. Una alambrada rodeaba un amplio terreno donde había varias cons­trucciones sencillas -los polvorines- y el cuerpo de guardia. En Polvorines se hacían cuatro pues­tos: la puerta, el río, el transformador y la garita de la muerte. La guardia se cubría con un suboficial, dieciséis ar­tilleros y dos cabos. De noche llegaba un refuerzo de ocho artilleros y un cabo.
Polvorines no era una guardia complicada. El oficial de guardia siempre era un subo­ficial: un sargento o un sargento primero. Los días solían transcurrir con cierta placidez, hasta que llegaba la noche y el frío. En Segovia son habituales las temperaturas bajo cero en las noches de invierno, y también en algunas de otoño y primavera. Por mucha ropa que te pusieras, el frío se te colaba por todos los resquicios y llegaba hasta la piel, la tras­pasaba y te llegaba al alma. ¡Qué frío! ¡Y por qué motivo más inútil!
Mi último puesto como artillero fue de dos a cuatro de una gélida y helada madrugada de diciembre en la garita del río. Hacía un frío espantoso. Yo iba vestido tal como íbamos todos, con más pisos de ropa que el Corte Inglés: camiseta de felpa, el pijama -en los meses de invierno casi nunca nos quitábamos el pijama, lo llevábamos puesto siempre, incluso en la cama-, la camisa, el jersey, la chupita, el tres cuartos y un inmenso chu­basquero. Las piernas estaban más desprotegidas: el pijama y los pantalones reglamentarios. Y en la cabeza, la gorra y la braga, un pasamontañas que cubría la cara, dejando asomar sólo los ojos.
Y en eso que se puso a nevar. ¡Qué bonito! La garita del río daba a un barranco, en el fondo del cual se supone que pasaba un río, aunque jamás lo vimos. Un par de focos ilumina­ban el polvo­rín que se suponía yo estaba custodiando. Yo lo único que hacía era pasar un frío de cojones. Finalmente llegó el relevo. Cedí el chubasquero al pobre infeliz que se quedó a ocupar mi puesto y seguí al cabo hasta el puesto de guardia.
En el comedor aún quedaba algo del inmenso carajillo que cada noche enviaba la cocina del cuartel a los destacamentos de guardia: una gran olla de café con una botella de coñac de garra­fa disuelto. Era espantoso, pero estaba caliente. Luego, hasta diana, pasábamos al dormitorio a reposar. Había un montón de lite­ras. Nos echábamos en una y nos poníamos una manta en­cima. La tiritera seguía, pues las ventanas no ajustaban bien y muchos cristales estaban rotos, con lo cual entraba un frío considera­ble. Todo el cuerpo de guardia daba asco, de pura dejadez. Había que salir a mear al campo, porque los la­vabos eran inuti­li­zables, estaban destrozados.  Ya sé que no se habían destroza­do solos, pero tampoco hubiese costado mucho dine­ro dejarlos en condi­ciones. De hecho, la guardia de Polvo­rines correspon­día hacer­la a la Academia de Artillería -los polvorines eran su­yos-, pero ésta pagaba al Regimiento para que la hiciera. Pero noso­tros jamás vimos un puto duro.
Volví a Polvorines varias veces más, ya de cabo. La guar­dia era más relajada, por supuesto, incluso de noche. Como éramos tres cabos, a cada uno de nosotros le correspondía un turno de sólo tres horas. Lo jodido era al que le tocaba el turno del medio. En una ocasión, al Tío Tirantes, ya de cabo, le tocó refuerzo en Polvorines. A la hora de sortear los tur­nos, un arti­llero de la Plana del Segundo les dijo a los otros dos cabos, que eran de su reemplazo pero no de su batería:
- Poned en los tres papeles un dos. Y que pringue ese gili­pollas.
Así lo hicieron. Los tres papeles para el sorteo de turno tenían un dos escrito. Sortearon y le preguntaron al Tío Ti­ran­tes: 
- Vaya, me ha tocado el segundo turno. ¡Mala suerte! 
Los otros cabos ni siquiera enseñaron los papeles, se deshicieron de ellos rápidamente.
Esta putada que le gastaron demuestra la mala imagen que tenía el Tiri, ya que en el cuartel sobre todo funcionaba un nacionalismo de batería. Mala cosa cuando los de tu propia batería te daban por culo.
En una guardia de Polvorines me leí enterita la novela  "La tía Tu­la", de don Miguel de Unamuno, sin efectos secundarios aparentes. En la misma guardia, el Titul­cia vio mucho la tele, y además siguió comiendo pipas, pipas, pipas... Aprovechó el día y la noche mucho mejor que yo.
Y por la noche, si eras cabo y te aburrías, pues te ibas a hacer una ronda por las garitas, así hablabas un rato con los centinelas y nos distraíamos mutuamente. A veces salíamos dos cabos a hacer la ronda, sobre todo si éramos de la misma batería o del mismo reemplazo, mientras el otro cabo se quedaba en el puesto de guardia por si el sargento se despertaba y se ponía a llorar. La conversación con los artilleros giraba siempre sobre el mismo tema: el tiempo que nos quedaba de mili. El centi­nela que mejor nos recibía siempre era el que estaba en la garita de la Muerte. Era una garita situada en medio de un peñascal, la más alejada del cuerpo de guardia y de los polvo­rines. Si durante el día uno podía tener dudas sobre la uti­lidad de aquella garita, de noche ya no cabía la menor duda. Había sido puesta allí sólo para putear al personal. Era la más dura de todas, todo el mundo que había estado allí de pues­to una noche de invierno -afortunadamen­te no fue mi caso- ha­blaba de la rasca inmensa que pegaba allí. Aquella puta garita disfrutaba de un microclima ideal para criar pingüinos. Se contaba que Colmenero, uno de mi batería, había sido arrestado porque mandó a tomar por culo al sargento cochinero que le quitó la manta cuando estaba de puesto allí. Desde entonces empecé a mirar a Colmenero con otros ojos: un tío cojonudo.

viernes, 22 de abril de 2016

Epílogo triste del Tío Tirantes

Es lo que tiene Internet, un día que no sabes qué hacer empiezas a teclear en Google nombres de gente a la que hace años, muchos años, que no ves o que no sabes de ellos o ellas. Y eso me pasó a mí con el Tío Tirantes. No pude resistir la tentación, tecleé su nombre y apareció su perfil de Facebook.
Era él, sin duda. Allí estaba su foto, con su careto de tortuga, treinta años más viejo y con el pelo blanco. A pesar de sus estudios, la puta crisis lo había atrapado de lleno. Se definía como empresario autónomo (no daba detalles de su actividad económica, tal vez instalara interfonos), con muchos años de trabajo y estudio (ya ves) y con ganas de trabajar y ser útil. La realidad era otra: tenía pendiente una hipoteca de 300.000 euros -el puto chalet en la urbanización pija-, y en venta un Mercedes 4x4 espectacular. Debía disponer de mucho tiempo libre, ya que su muro estaba repleto de peticiones de firmas para reivindicar las causas más nobles y también las más inútiles: parar los desahucios, evitar el cierre del Monasterio de El Escorial, regular los alimentos con grasas “trans”, pedir aceras anchas para que pudiesen transitar los discapacitados en sus sillas de ruedas, instar al gobierno a subvencionar la vacuna contra el meningococo B, exigir la dimisión del gobierno (después de subvencionar la vacuna, supongo)...
En fin, puta vida.

sábado, 9 de abril de 2016

El Tío Tirantes 8

Una de las imágenes más impresionantes que uno guarda del servicio militar es la del Tío Tirantes practicando Tae­cuondo. Muchos días, a la hora de paseo, se ponía un kimono, cogía los luchakos, o los munchakos, o como coño se llamen los dos palos unidos por una cadena, se plantaba en medio de la sala de la televisión y empezaba dale que dale, a mover los palos y la cadena, dando gritos atroces. Su cara sufría una transforma­ción espectacular. Su semblante de tortuga iba adqui­riendo pro­gresivamente una bonita tonalidad rojiza. Empezaba a sudar copiosamente y cada vez se parecía más al espectro de Bruce Lee. Por fin, cuando el color de su cara se aproximaba peligrosamente al mo­rado inten­so, una especie de reloj interior le avisaba de que convenía terminar la sesión. Entonces el Tío Tirantes se rela­ja­ba, volvía al Planeta Tierra y recuperaba su aguerrido porte militar, barriga incluida. Al principio congregaba a su alre­dedor un nutri­do gru­po de espectadores, esperanzados en que se le escapara al­gún lunchako y se partiera la cara él solito. Hubiera sido entre­tenido para variar, pues siempre se la par­tía Conesa. Pero no, el Tiri dominaba la técnica. Así que pronto dejó de interesar al personal y al poco tiempo nadie le hacía caso. Conociendo sus ante­ce­dentes fami­liares e ideológicos, no se podía descartar la sos­pe­cha de que aquel capullo, en la vida civil, fuera al­gún guerrillero fascis­ta de los que corrían por aquellos años por las universidades. Vete a saber.

Ahora, muchos años después de la licencia, me lo imagino felizmente casado con su novia de toda la vida –una rubia espectacular, ésa es la verdad. Pudimos verla en Navidad, cuando la trajo a la batería a ver el bonito cañón-pesebre de La Tulipe. ¡Qué sádico!-, que le hace el salto con un piloto del SEPLA. Vive en un bonito adosado en una urbanización pija del norte de Madrid, trabaja de ingeniero en Telefónica, tiene un hijo tan gilipollas como él y es feliz dueño de un Rotweiler. Y vota al PP, por supuesto.

viernes, 8 de abril de 2016

El Tío Tirantes 7

Y qué mejor forma de aprovechar estas innatas cualidades artísticas que exhibirlas en el acto de homenaje del día de las Fuerzas Armadas.

A finales de mayo llegó a la furrielería de la Plana del Segundo un oficio desde Secciones ordenando la designación de un cabo gastador para encabezar el desfile que se celebraría en la ciudad el día de las Fuerzas Armadas. El Segundo Grupo había sido elegido para tan alto honor, con la característica previsión militar: el acto se haría el domingo por la mañana y el oficio llegó el viernes a mediodía. Dado que en aquellas fechas yo ya era el furriel bisabuelo de la Plana Mayor del Segundo Grupo, convoqué a los furrieles de la Cuarta y Quinta Baterías a una cumbre en la sala de la televisión, para ver a qué batería le caía la china. Y tocó a la Plana, por supuesto. O sea, a mí. Una vez los furrieles de la Cuarta y la Quinta se marcharon aliviados y riendo por lo bajo, consulté el cuadro de efectivos. Era viernes a las dos de la tarde, la gente de rebaje ya se había marchado y quedábamos los cuatro gatos que gozaríamos del fin de semana en el cuartel. Los mandos también habían desaparecido, por supuesto, hasta el lunes por la mañana.

Consulté el cuadrante de servicios, cumplimentado por Urco antes de marcharse. En todas las baterías los servicios de la tropa los ponía el furriel más antiguo, menos en la nuestra. En la Plana del Segundo los servicios los ponía Urco, el sargento primero Urco, con dos cojones, porque no se fiaba de los furrieles y porque le daba la puta gana. Para los furrieles tal actitud tenía aspectos positivos, nos evitaba discusiones con los cabos y artilleros. Si alguien se quejaba de un servicio, la respuesta era simple: “Quéjate al sargento primero, que es quien te lo ha puesto.” En contrapartida, los furrieles podíamos acabar haciendo cualquier servicio, como las guardias de Prevención, las más jodidas. Jamás un furriel del resto de baterías hizo una guardia de Prevención, excepto nosotros.

Un rápido vistazo al cuadrante me confirmó mis temores: los únicos cabos disponibles en la batería para el domingo éramos el Tío Tirantes y yo. El Tiri de cabo cuartel y yo de furriel. En el oficio se especificaba que el cabo gastador debía tener una cierta presencia física y una cierta altura. Yo era más alto que el Tiri. Yo era algo más delgado que el Tiri. Pero yo no iba a hacer de cabo gastador ni loco. En su día, yo juré fidelidad a la patria y dar por ella hasta la última gota de mi sangre si fuere menester, eso vale, de acuerdo, con matices, ja en parlarem, pero yo no juré hacer de majorette.

Así que puse en práctica todo lo que había aprendido de los militares en aquellos fecundos meses. Cogí la goma de borrar e hice dos pequeños cambios que Urco jamás advertiría y el Tiri tampoco. El cabo cuartel que yo tenía el sábado lo pasé al domingo. Y el cabo cuartel del Tiri del domingo lo pasé al sábado. De esta forma, aquel hombre quedaba libre el domingo para ir a desfilar y homenajear a las Fuerzas Armadas que tanto admiraba su madre, la poetisa castrense.

Una vez hecho esto, quedaba comunicarle la noticia al agraciado. No lo vio muy claro, incluso me propuso hacer un cambio en los servicios y que fuera yo el gastador (es decir, volver a la situación original prevista por Urco), a cambio de su gratitud eterna, pero no le sirvió de nada al pobre hombre. Yo el domingo tenía cabo cuartel. Y además, mi argumento de que la furrielería jamás podía quedar desatendida, ni en fin de semana, pareció convencerlo.

Llegó el domingo. Puntualmente, a las once de la mañana, vestido con sus mejores galas de romano y cubierta la cabeza con su boina verde OTAN, el Tío Tirantes bajó al patio del lagarto y se presentó ante Pink Floid. Pink Floid era el jefe de la banda de música del Regimiento. En realidad se llamaba Dionisio y era brigada. Ya hablaremos de él en su momento. Cuando el hombre vio al Tiri parece ser que dijo algo así como que si no había un cabo más alto y más delgado para hacer de gastador, coño! En previsión de que el Tiri se fuera de la lengua y dijera que en la Plana del Segundo había un cabo alto y apuesto haciendo de cabo cuartel y que el brigada se mosqueara y subiera a comprobarlo, me encerré en la furrielería con un montón de carpetas y papeles sobre la mesa y varios folios en la máquina de escribir, para que aquel genio de la música no dudara de mi leal sacrificio por la patria tramitando expedientes hasta en domingo.

Pero no pasó nada de todo eso. Al cabo de un rato oí los espantosos y estridentes acordes de la banda de música que se iban alejando con un cierto ritmo marcial. Con cautela, abrí la puerta, salí de la oficina y me fui hacia los lavabos, alejado de las ventanas para que nadie detectara desde el puto patio del Lagarto la presencia de un cabo alto y apuesto escaqueado en la batería. Desde la ventana de los lavabos, que daba a la puerta principal del cuartel, pude ver que la banda ya enfilaba la avenida en dirección al Parque de Automovilismo, lugar donde se hacía el acto del dia de las Fuerzas Armadas. Encabezándola, allí iba el Tío Tirantes, moviendo arrítmicamente una vara de majorette y marcando el paso digamos que marcialmente. La imagen era bastante lamentable, y el sonido también. Mucho porte distinguido no tenía, pero lo importante era que él estaba allí y no yo.

Afortunadamente regresó contento. Había marchado encabezando la comitiva, le habían aplaudido, el jefazo del Parque de Automovilismo había hecho un discurso muy bonito parecido a los poemas de su madre y había ligado con un grupo de nenas de octavo de básica. ¿Qué más se puede pedir?




miércoles, 2 de marzo de 2016

El Tío Tirantes 6

Y ascendió a cabo.
Y claro, cuando debía formar a la batería era todo un festi­val. Si de artillero era imposible tomarse en serio a aquel hombre, su marcialidad a la hora de dar órdenes era to­talmente patética. No sólo eso. Él creía que lo hacía bien y aspiraba a culminar brillantemente su carrera castrense siendo cabo primero, que para eso tenía estudios. Por una vez los militares actuaron sensatamente y el Tío Ti­rantes se quedó en cabo tomatero el resto de la mili. Cierto es que no lo degrada­ron, pero no se les podía pedir tanto.
Una tarde de primavera, la formación de después de comer fue especialmente movida y el cabo cuartel -adivine el lector quien era- tuvo especiales dificultades para formarla. Por la noche, ante la formación de retreta, surgió la sorpresa: cua­tro imagina­rias arrestadas, cuatro, impuestas por el cabo cuartel a raíz de la formación de la tarde. Para más diversión, los cuatro agraciados eran del mismo reemplazo del Tiri. Mientras leía las imaginarias arrestadas, un rictus de satisfacción recorría la cara del Tiri. Ante el conato de rebe­lión -no sólo protestaron los afec­tados, sino también el resto de la bate­ría. Cuando un mando arresta una imaginaria, se le notifica al afectado antes de la lectura de los servicios. El Tío Tirantes olvidó este pequeño detalle-, el suboficial de semana, el sar­gento Eustaquio, no tuvo más remedio que defender al cabo cuar­tel.
      - El cabo cuartel tiene razón.
Seguían las quejas de la batería.
     - Os digo que el cabo cuartel tiene razón. Y no sigáis por este camino porque me obligaréis a bajar a unos cuantos a pre­vención. Y no quiero hacerlo. Hacéis la imaginaria y se acabó.
El sargento Eustaquio sabía perfectamente que el cabo cuar­tel no tenía razón. No sólo eso, el sargento Eustaquio sabía que el cabo cuartel era gilipollas. Pero se debía mantener la dis­ciplina militar. Y se disolvió la formación.
En cuanto el sargento abandonó la batería para dar nove­dades al oficial de semana, los afectados se lanzaron sobre el Tiri. Si no lo lincharon entonces, no lo lincharían durante el resto de mili. Uno de los afectados era Duque.
       - Alejandro, no te enfades...
    - ¡Qué coño Alejandro! ¡Llámame Duque, que tú y yo no somos amigos, joder!
El Tío Tirantes se echó a llorar, en una postura muy poco marcial. Su aplomo y satisfacción represora habían desapareci­do. No sólo eso, tuvo una idea genial.
      - Me quito los galones y hago yo las cuatro imaginarias.
Idea que por supuesto el sargento Eustaquio no aprobó. Y le vino a decir al Tiri, con buenas palabras pero con contundencia,  que antes de tomar la decisión de arres­tar a alguien, sopesara las consecuencias. Y sopesara también si real­mente el implicado merecía o no el arresto.
Pero no siempre había estas movidas. A veces el ambiente se relajaba y el Tío Tirantes nos deleitaba con una de sus aficiones, la de hombre orquesta. Era capaz de entonar cual­quier canción, haciendo además con la boca acompañamiento de persusión, vientos y cuerdas. Una noche de verano, cercana ya nuestra licencia, el Tiri se plantó ante la cama de Velasco entonando "La del manojo de rosas". Velasco no era precisamen­te mister simpatía, y la proximidad de la licencia lo hacía aún más irascible e intolerante. A pesar de eso, soportó los dos primeros actos de la bonita zarzuela, pero al iniciarse el tercero ya no pudo aguantar más.
      - Tiri, infeliz, ¿quieres irte de aquí?
A lo que el Tiri respondió abandonando la vera de Velasco e iniciando un recorrido por la batería, mientras movía rítmi­camente los brazos como si de una jefa de majorettes se trata­ra.

viernes, 26 de febrero de 2016

El Tío Tirantes 5

Las relaciones Tío Tirantes-Resto del Mundo no eran pre­cisa­mente fluidas. Un día Conesa le hinchó un ojo. Todo el mundo sabía que Conesa tenía la razón, incluso sin haber visto el inci­dente. Otro día, ante una nueva salida del Tiri, el te­niente Chusquero exclamó:

- ¡Que venga Conesa y le hinche el otro ojo!
Las relaciones con Vizcaíno tampoco eran muy cordiales. Vizcaíno pertenecía a mi reemplazo y no era especialmente conflic­tivo, hasta que bebía. Entonces perdía el mundo de vista. Y una noche lo perdió con el Tiri delante. Lo empezó a perseguir por toda la batería con una navaja, mientras iba gritando:
 - ¡Que lo raho! ¡Que lo raho!
La disputa se realizó de la forma reglamentaria, el Tío Tirantes corría delante y detrás iba Vizcaíno. La cosa además tenía merito porque la batería estaba a oscuras y los pasillos lle­nos de petates, pues esa tarde habían llegado los guris del re­emplazo 81-1º, a los que aún no se les había asignado taqui­llas. Los re­cién llegados asomaban tímidamente la cabeza desde sus lite­ras.
- Tranquilos –les decíamos los veteranos-, pasa cada noche. Forma parte del folclore local. En cuanto le den una cer­veza más al perseguidor, se dormi­rá. 
El imaginaria, encargado de mantener el orden y la disciplina militar en el recinto, había decidido sentarse a tocarse los cojones hasta que se calmara la situación.  

Otra noche el incidente se produjo entre Martín y -cómo no- el Tío Tirantes. Martín era de mi reemplazo y cabo primero. Y el preferido de Gilito. Así que iba de guapo por la vida, aunque con los del reemplazo jamás tuvo ningún problema, ni nosotros con él. Pero tenía querencia por el Tiri. Y una noche se lió. Y el Tiri salió por la única salida que vio: llamar la atención del sargen­to Beguín.

El Beguín dormía en el cuarto del suboficial de semana, que estaba al fondo de la batería, pared con pared. Cuando había movida debía oírla, por supuesto. Aunque en las condi­ciones en que llegaba a la batería cada noche, completamente cocido, es po­sible que no oyera nada. Una noche se sentó en las rodillas de un artillero que estaba sentado en un banco bebiéndose una cerveza. Entre varios artilleros lo ayudaron a levantarse y a llegar hasta su cuarto, a dos metros escasos. 
El Tiri empezó a gritar cada vez más fuerte.

- Que me dejes, Martín! ¡Gilipollas! ¡Que me dejes! ¡Gi­LiPo­LlAs! ¡Déjame! ¡GILIPOLLAS! ¡GILIPOLLAS! ¡GILIPOLLAS!
El Beguín, dormido beatíficamente, tal vez no oyó los alaridos del Tiri, pero el resto del Regimiento seguro que sí. Martín, sabedor de su poder, se arrimaba al Tiri como el torero al toro, sacando pecho.

- ¡Qué pasa, Tiri! ¿Qué quieres? ¿Despertar al sargento para ponerte a llorar en su faldita?

Al final, Marín, que sólo era un tocahuevos, dejó estar al Tiri. Al día siguiente, nos encontrábamos en una mesa De la Cruz, Velasco y yo. El Tiri estaba de guardia y subió un mo­mento a la batería. Cuando apareció, Velasco se activó, abandonó su habitual estado pre-depresivo, se levantó, elevó su brazo derecho como en el brindis de la Traviata y con su mejor voz entonó:
-¡GILIPOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOLLAS!
Toda la batería se estremeció ante aquella muestra de luci­dez de Velasco. 

*     *     * 
Formación en la batería, después de comer. Descanso a discreción. El Tío Tirantes, desde su puesto anónimo en medio de las filas prietas, lanza una mirada satisfecha a lado y lado de la formación. Cada vez más contento y seguro de sí mismo, se vuelve hacia El Guanche y, con una sonrisa cómplice, le susurra: 
- Cómo se nota los que tenemos estudios, ¿eh? 

El Guanche no se cayó de culo porque no había sitio en la formación. Después, a la hora de paseo, nos comentó escandalizado al resto del grupo -todos con estudios, por supuesto- la última tontería del Tiri.
- ¿Pero este tío quién se ha creído que es? ¿Cómo se nota los que tenemos estudios? ¿Y en qué coño lo nota ese gilipollas? Me ha dejado seco, de verdad. ¿Cómo se puede ser tan clasista y tan facha?


La frase del Titi fue rápidamente incorporada por Duque a su catálogo de frases hechas, muchas de ellas proporcionadas por el Tiri. Cuando alguien hacía alguna animalada, cuando alguien meaba fuera de tiesto, cuando alguna cosa se salía de madre, se oía la voz de Duque imitando el falsete del Tío Tirantes:

- Desde luego, esta gentuza sin estudios... Esta batería es un asco...


martes, 23 de febrero de 2016

El Tío Tirantes 4

A la batería llegaban cada mes unas revistas militares muy bien editadas, en papel couché del bueno. La buena impre­sión acababa cuando se leía algún artículo. La mayoría de ellos tenían un ligero sesgo conservador, franquista y golpis­ta. Además esta­ban llenos de faltas de ortografía y de errores sintácticos. Se titulaban "Simancas", "Reconquista" y cosas así.
No faltaba nunca en alguna de las revistas un artículo destructivo contra Pilar Miró, escrito por algún comandante, coronel o general. En aquella época se había estrenado "El crimen de Cuenca", filme en que la Guardia Civil no salía precisamente bien parada. Y tal visión no agradó a los militares, que si algo tienen es un corporativismo feroz. Lo más suave que se le llamaba a la directora de la película en estos artículos era "marimacho". Si se hubiese metido alguno de tales escritos en un alambique y se hubiese calentado, se habría podido destilar odio en estado puro. Leyendo esos artículos en la soledad de la furrielería, uno se acojonaba pensando qué hubiera pasado si el golpe del 23-F les hubiese salido bien.
          En una de estas revistas apareció publicada una poesía que había escrito la madre del Tío Tirantes, dedicada a la jura de bandera de su hijo. Nadie en la batería sabía que la señora que firmaba aquello era la madre del Tiri -nadie en la batería leía esas revistas- pero él fue enseñando el poema a todo el mundo e informando de la identidad de la autora.
       El poema era malo, pero malo, malo, malo. Era espantoso. Una bazofia en la que se mezclaban la bandera, su hijo -el de la autora, El Tiri-, las campanas que la despertaban por la mañana para acudir a la jura, que se tenía que levantar antes, la sacro­santa uni­dad de la patria, la paella valenciana y algunos tópicos más. Vien­do lo que escribía la madre, uno ya no se extrañaba de cómo era el hijo, que ade­más estaba orgulloso del poema. Por lo visto, la madre del Tiri era de las que fueron a llevarle jamones al golpista Tejero cuando estuvo en la cárcel.
               El Tiri le enseñó el poema al Tedientes. El Tedientes era un señor que estaba en el Ejército porque recibía un sueldo, pero yo no le apreciaba un gran espíritu militar. Pasaba mucho de ceremo­nias rituales y demás parafernalias. Estaba matricu­lado en la UNED y si los furrieles hacíamos mal algún escrito que él nos hubiera encargado, en lugar de gritar nos indicaba qué era lo que debía­mos corregir. Además, se encargaba de dar charlas de formación constitucional a los suboficiales, Urco entre ellos. Sólo por eso ya era un hombre digno de admirar. El Tedientes leyó el poema y dijo:
                 - ¡Cóñó!
             La entonación que dio a ese coño resulta imposible de expli­car con palabras, pero lo resumía todo.
            Duque, el gran Duque, cuando se enteró de la existencia del poema, rea­lizó una nueva versión:

Tocad, campanas, tocad
Hoy me he de levantar antes
Que jura bandera
Mi hijo el Tío Tirantes.

viernes, 19 de febrero de 2016

El Tío Tirantes 3

Uno de los números más sonados que armó el Tío Tirantes fue el del interfono. 
El despacho del capitán, el de los tenientes y la furrielería estaban bastante alejados entre sí. Un timbre servía para ordenar la presencia de los furrieles en los des­pachos: un timbrazo, llamaba el capitán; dos, llamaban los tenientes. Un sistema elemental pero efectivo. Pero el Tiri consideró que aque­llo no estaba acorde con los nuevos tiempos y con un ejército a punto de ingresar en la OTAN y que apenas seis meses antes había intentado dar un golpe de estado.
Así que un día entró en la furrielería y empezó a comer­le el tarro a Urco sobre la posibilidad de instalar un interfono que comunicase los despachos con la furrielería. Por supuesto, él lo montaría e instalaría, ya que era Inge­niero de Tele­co­munica­ciones. Porque el Tiri era Ingeniero de Telecomunica­ciones, sí señor.
Urquijo lo miró fijamente y se lo quitó de encima con un bufi­do -El Tiri no sólo caía mal a la tropa. También a los man­dos,  sobre todo después de lo del gato enemigo-, pero él continuó insis­tiendo. Tras dar la vara a los tenien­tes, que también se lo quitaron de encima, consiguió ha­cerse oír por el capitán, al que le vendió la mo­to y el inter­fono. El capi­tán iba con el lirio en la mano, todo el mundo le metía goles. Por lo visto, nece­sita­ba un año de mando de tropa para ascender a coman­dan­te, y se había pro­pues­to te­ner conten­to a todo el mundo. Así que el Tío Ti­rantes con­ven­ció al capi­tán para ins­talar el su­sodicho in­ter­fono. Y ade­más, se prestó solí­cito para ir a com­prar to­dos los mate­riales a una tienda muy bonita que él co­nocía en Ma­drid y que abría los sábados.
Total, que entre febrero y abril el Tío Tirantes pilló todos los rebajes. Todos. Durante doce fines de semana segui­dos se fue a su casa con la excusa de ir a comprar los mate­riales del interfono. Cuando no faltaban condensadores no te­nían altavoces, y cuando traían los altavoces faltaba el pedi­do de ferules que no había llegado. Doce rebajes seguidos, mientras la mayoría de gente de la batería se sentían afortu­nados si pillaban dos reba­jes al mes.
Cuando tuvo todos los materiales empezó el montaje de los aparatos. Para poder trabajar más tranquilo, El Tiri pidió usar el cuarto de los cabos primeros. Éstos se vieron obligados a abandonar su pequeño reducto de intimidad para permitir que Edison trabaja­ra con comodidad. Y allí se pasaba el día ensam­blando fusibles, diodos, condensa­do­res y ferulillos. Luego hubo de tirar cable entre la furrielería y los despachos. Y claro, el capitán ordenó a Urco que no le pusiera servicios para que pudiera hacer el montaje tranquilo, con lo cual el odio que Urquiola sentía hacia el Tiri se acrecentó.
Finalmente llegó el gran día. Con la instalación acabada y los aparatos preparados, el capitán, en su despacho, asesorado por el Tiri, accionó la palanca y pronunció la palabra mágica:
      - ¡Furriel!
Pero nosotros no oímos eso. Lo que el aparato instalado en la furrielería emitió fue una especie de sollozo, semejante a los lamentos de Godzilla cuando King Kong le clavaba en el culo la an­te­na de la torre de comunicaciones de Tokyo en el bonito filme "Godzilla contra King Kong".
Urco, con un destello de inteligencia inusual en él, su­gi­rió:
       - Este... vayan a ver si el capitán ha llamado.
Ortega se dirigió raudo al despacho del capitán.
      - A sus órdenes. ¿Ha llamado, mi capitán?
      - Sí. ¿Se ha oído bien el interfono?
      - La verdad es que no. Sólo hemos oído un ruido.
   -¿Un ruido? -preguntó el Tío Tirantes sorprendido y ofendido-.
Se dirigió a la furrielería. Ortega y el capitán estuvie­ron largo rato enviando mensajes desde el despacho, mientras en la fu­rrielería Marconi asistía atónito a los aullidos de Godzilla.
      - He de revisarlo. Y puede que sea necesario cambiar algunas piezas. Tendré que ir a Madrid este fin de semana, mi sargento primero.
En la furrielería reinó un silencio hostil, sólo roto por los sollozos radioeléctricos de Ortega y el capitán. En aquel momento, no sólo Urco odiaba al Tiri. También los furrieles, que con suer­te pillábamos un re­baje cada tres o cuatro sema­nas.
Total, que se fue a Madrid de nuevo, volvió con las pie­zas, revisó el aparato, se volvió a probar y aquello siguió emi­tiendo vagos sonidos godzillianos. Durante las pruebas apa­re­ció por el despacho el Tedientes, que se dirigió al teniente Chusquero, otro de los miembros del club de fans del Tío Tirantes
         - ¡Hombre, Honorio! ¿Ya funciona el interfono?
      - ¡Esto qué coño va a funcionar! -dijo el teniente Chus­quero resumiendo el sentir de la batería. Y nunca, jamás funcionó bien aquel aparato. Lo único que consiguió fue hacernos andar más a los furrieles. A la que oíamos el sollozo godzilliano acudíamos al despacho del capi­tán, que estaba más cerca:
      - A sus órdenes. ¿Ha llamado, mi capitán?
      - No, habrán sido los tenientes.
Y paseo hasta el despacho de los tenientes, situado en el otro extremo de la batería. Uno de los temores de los furrie­les era que instalando el in­terfono, los tenientes -so­bre todo Gilito- pudieran oír nues­tras murmuraciones y pala­bras mayores desde su despacho cuando Urco no estaba. Después de ver el funcio­namiento del apa­rato, seguimos criti­cando a los mandos con toda tranquili­dad.
Finalmente, se desconectaron los aparatos y se volvió al sistema del timbre. Siguiendo la desidia habitual del ejército, los aparatos permanecieron en la furrielería y los despachos varios meses, inertes y mudos, hasta que alguien decidió quitarlos y tirarlos a la basura. 

martes, 16 de febrero de 2016

El Tío Tirantes 2

      Una noche de invierno la furrielería estaba especialmente concurrida. Además de los tres furrieles -Beasaín, Miguel y yo- había unos cuantos miembros del reemplazo 80-1º, los bisabuelos de la épo­ca: Piñas, el Cabo Blanco, el Fitty... Hacía más de me­dia hora que habían tocado silencio, la batería dormía -o se suponía- y contraveníamos todas las normas, pero el primero en contravenir­las era el suboficial de se­mana, el cabo primero Alcira, que con nosotros estaba. Ha­blábamos, murmu­rábamos y todo eso, cuando alguien llamó a la puerta. Silencio. Abri­mos. Era el imagina­ria. El Tío Tirantes.
      - ¡Hombre, qué bien os lo pasáis! ¿Puedo pasar? -preguntó cuando ya estaba dentro-.
             Un guri normal, aunque fuera el imaginaria, no se habría atrevido jamás a entrar en la furrielería sabiendo que había gente de reemplazos anteriores. Pero el Tiri no era normal. Cogió una silla, se sentó y fue el centro de la reunión. No sé quién hablaba de coches.
        - Huy, yo corro mucho con el coche. Cuando llego a ochenta mi madre me dice  que frene.
                 El Fitty decidió profundizar en el tema:
            - ¿Y qué coche tienes?
           - Un 124.
           - ¿De los de ferule?
           - ¿De ferule? No. Me parece que no.
           - ¿Seguro? Mira que todos los 124 llevan ferule de se­rie.
           - Pues el mío no tiene. ¿Qué es el ferule?
           - Está debajo del acelerador.
           - ¿Debajo del acelerador?
          - Sí. Tú aceleras. Y cuando llegas a los 100, quitas el pie del acelerador y lo pones debajo, y entonces pisas el fe­ru­le, que mantiene la velocidad del coche pero ahorrando com­bustible. Pero claro, si no pasas de ochenta, nunca lo has utilizado.
             El Tío Tirantes se iba adentrando cada vez más en los terre­nos de la candidez castrense. Pero cuando vio al suboficial de semana, Alcira, una especie de brujo me­dieval antiguo que jamás se reía, caerse de culo al suelo preso de un ataque de risa, se le encendió la bombilla.
         - Huy, no sé, me parece que me estás tomando el pelo.

lunes, 15 de febrero de 2016

El Tío Tirantes 1

En la mili uno conoce mucha gente que en otros ámbitos de la vida jamás conocerá. No sé si eso es bueno o malo. En todo caso, lo de conocer gente se podría hacer igual sin necesidad de hacer guardias ni ir vestido de verde durante un año. En fin, es un tema largo de tratar.
Uno de los individuos más inclasificables que pululó por la Plana del Segundo fue el Tío Tirantes. Llegó tres meses más tarde que yo, con el reemplazo 80-7º. Su aspecto físico ya llamaba la atención. Más bien gordito y con un careto absolu­tamente perso­nal. Su forma de hablar también era peculiar, con su voz de fal­sete. Pero lo que realmente cautivó a la batería fueron los dos rotundos tirantes sobre su camisa verde OTAN. Conesa no dejó pasar aquella provocación y el recién llegado rápidamente fue conocido como el Tío Tirantes.
Los cabos de la batería tuvieron ocasión de calar rápida­mente de qué iba el amigo. Cuando había que limpiar la batería -por la mañana, después de desayunar; por la tarde, después de comer; y por la noche, antes de retreta; y siempre que algún superior lo ordenara- el cabo cuartel era el encargado de or­gani­zar la limpie­za. Y eran los guris los encargados de ha­cer­la. Los guris ba­rrían, fregaban, vaciaban las papeleras, reco­gían las si­llas... Tal vez Karl Marx tenía otra idea sobre la división so­cial del trabajo, pero en el Ejército la cosa fun­cionaba así. Eran tres meses de hacer de fregona, hasta que llegaban los nue­vos guris. Los guris anti­guos ascendían a pa­dres y dejaban de fregar. Es posible que fuera injusto, pero todo el mundo aceptaba el sistema.
Pues bien, con la llegada de 80-7º los del 80-5º queda­mos liberados de barrer. Los nuevos guris acataban disciplinada­mente su alta misión higiénico-patriótica, aunque el Tío Ti­rantes siem­pre se escaqueaba. Mientras sus compañeros de reem­plazo se en­contraban fre­gan­do, aparecía él con zapatillas y bata -con zapa­tillas y bata, lo juro- y un neceser en la mano y se diri­gía al lavabo a afeitarse. Los cabos cuartel le die­ron unos cuantos toques, pero parece ser que el toque defini­tivo se lo dieron los de su propio reemplazo. O barría y fregaba con ellos o allí iba a haber más que palabras.
Con esta brillante entrada, no hará falta decir que el Tiri -abreviatura de su nombre de guerra- no andó sobrado de amigos precisamente durante su mili. Pero él no desfallecía, a todos se arrimaba y con todos hablaba. Al menos no pedía dine­ro para be­ber, como el pelma de Pretel.
En una de sus primeras guardias de prevención el Tiri abrió fuego contra un gato. El Tiri se encontraba en una de las garitas de la parte posterior del cuartel, que daba a una calle desierta y al huerto de un convento de monjas. Una zona caliente, vamos. Y en me­dio de la noche oyó ruidos sospecho­sos. Disciplinada­mente, ordenó que le dieran el santo y seña, cosa que el pre­sunto gato desconocía, por supuesto. Y aunque lo conociera, no hu­biese podi­do articular palabra, el pobre animal. Así que el Tío Tirantes, siguiendo las enseñanzas re­cibidas en las largas horas de teóri­ca, montó el Cetme y dis­paró un par de tiros al gato. De paso, despertó a los de la Segunda Batería, que dor­mían justo al lado de la garita, y movilizó a toda la guar­dia. Personado el oficial de guardia, molesto por haber tenido que interrumpir su cabezadi­ta regla­mentaria, el Tiri le contó la historia de los ruidos sospecho­sos y los maullidos que había oído después de los tiros. En una gran labor profesional, el oficial encontró los dos cas­quillos de bala que el Tiri había disparado. Luego debió re­dactar un extenso informe que le man­tuvo despierto toda la noche. Cuando a la mañana siguiente se supo la noticia, en la Plana del Segundo nadie se extrañó.