Uno
de los números más sonados que armó el Tío Tirantes fue el del interfono.
El despacho del capitán, el de los tenientes y la furrielería
estaban bastante alejados entre sí. Un timbre servía para ordenar
la presencia de los furrieles en los despachos: un timbrazo,
llamaba el capitán; dos, llamaban los tenientes. Un sistema
elemental pero efectivo. Pero el Tiri consideró que aquello no
estaba acorde con los nuevos tiempos y con un ejército a punto de
ingresar en la OTAN y que apenas seis meses antes había intentado
dar un golpe de estado.
Así
que un día entró en la furrielería y empezó a comerle el
tarro a Urco sobre la posibilidad de instalar un interfono que
comunicase los despachos con la furrielería. Por supuesto, él lo montaría e instalaría, ya que era Ingeniero de
Telecomunicaciones. Porque el Tiri era Ingeniero de
Telecomunicaciones, sí señor.
Urquijo
lo miró fijamente y se lo quitó de encima con un bufido -El
Tiri no sólo caía mal a la tropa. También a los mandos, sobre
todo después de lo del gato enemigo-, pero él continuó insistiendo.
Tras dar la vara a los tenientes, que también se lo quitaron de encima, consiguió hacerse oír
por el capitán, al que le vendió la moto y el interfono.
El capitán iba con el lirio en la mano, todo el
mundo le metía goles. Por lo visto, necesitaba un año de
mando de tropa para ascender a comandante, y se había
propuesto tener contento a todo el mundo. Así
que el Tío Tirantes convenció al capitán para
instalar el susodicho interfono. Y además,
se prestó solícito para ir a comprar todos los
materiales a una tienda muy bonita que él conocía en
Madrid y que abría los sábados.
Total,
que entre febrero y abril el Tío Tirantes pilló todos los rebajes.
Todos. Durante doce fines de semana seguidos se fue a su casa
con la excusa de ir a comprar los materiales del interfono.
Cuando no faltaban condensadores no tenían altavoces, y cuando
traían los altavoces faltaba el pedido de ferules que no había
llegado. Doce rebajes seguidos, mientras la mayoría de gente de la
batería se sentían afortunados si pillaban dos rebajes al
mes.
Cuando
tuvo todos los materiales empezó el montaje de los aparatos. Para
poder trabajar más tranquilo, El Tiri pidió usar el cuarto de los
cabos primeros. Éstos se vieron obligados a abandonar su pequeño
reducto de intimidad para permitir que Edison trabajara con
comodidad. Y allí se pasaba el día ensamblando fusibles,
diodos, condensadores y ferulillos. Luego hubo de tirar
cable entre la furrielería y los despachos. Y claro, el capitán
ordenó a Urco que no le pusiera servicios para que pudiera hacer el
montaje tranquilo, con lo cual el odio que Urquiola sentía hacia
el Tiri se acrecentó.
Finalmente
llegó el gran día. Con la instalación acabada y los aparatos preparados, el capitán, en su despacho, asesorado por el Tiri,
accionó la palanca y pronunció la palabra mágica:
-
¡Furriel!
Pero
nosotros no oímos eso. Lo que el aparato instalado en la furrielería
emitió fue una especie de sollozo, semejante a los lamentos de
Godzilla cuando King Kong le clavaba en el culo la antena
de la torre de comunicaciones de Tokyo en el bonito filme "Godzilla
contra King Kong".
Urco,
con un destello de inteligencia inusual en él, sugirió:
-
Este... vayan a ver si el capitán ha llamado.
Ortega
se dirigió raudo al despacho del capitán.
-
A sus órdenes. ¿Ha llamado, mi capitán?
-
Sí. ¿Se ha oído bien el interfono?
-
La verdad es que no. Sólo hemos oído un ruido.
-¿Un ruido? -preguntó el Tío Tirantes sorprendido y ofendido-.
Se
dirigió a la furrielería. Ortega y el capitán estuvieron largo rato
enviando mensajes desde el despacho, mientras en la furrielería
Marconi asistía atónito a los aullidos de Godzilla.
- He de revisarlo. Y puede que sea necesario cambiar algunas
piezas. Tendré que ir a Madrid este fin de semana, mi sargento
primero.
En
la furrielería reinó un silencio hostil, sólo roto por los
sollozos radioeléctricos de Ortega y el capitán. En aquel momento,
no sólo Urco odiaba al Tiri. También los furrieles, que con suerte
pillábamos un rebaje cada tres o cuatro semanas.
Total,
que se fue a Madrid de nuevo, volvió con las piezas, revisó el
aparato, se volvió a probar y aquello siguió emitiendo vagos
sonidos godzillianos. Durante las pruebas apareció por el
despacho el Tedientes, que se dirigió al teniente Chusquero, otro de
los miembros del club de fans del Tío Tirantes
-
¡Hombre, Honorio! ¿Ya funciona el interfono?
-
¡Esto qué coño va a funcionar! -dijo el teniente Chusquero
resumiendo el sentir de la batería. Y nunca, jamás funcionó
bien aquel aparato. Lo único que consiguió fue hacernos andar más
a los furrieles. A la que oíamos el sollozo godzilliano acudíamos al
despacho del capitán, que estaba más cerca:
-
A sus órdenes. ¿Ha llamado, mi capitán?
-
No, habrán sido los tenientes.
Y
paseo hasta el despacho de los tenientes, situado en el otro extremo
de la batería. Uno de los temores de los furrieles era que
instalando el interfono, los tenientes -sobre todo Gilito-
pudieran oír nuestras murmuraciones y palabras mayores
desde su despacho cuando Urco no estaba. Después de ver el funcionamiento del
aparato, seguimos criticando a los mandos con toda
tranquilidad.
Finalmente,
se desconectaron los aparatos y se volvió al sistema del timbre. Siguiendo la desidia habitual del ejército, los aparatos permanecieron en la furrielería y los despachos varios meses, inertes y mudos, hasta que alguien decidió quitarlos y tirarlos a la basura.
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