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viernes, 19 de febrero de 2016

El Tío Tirantes 3

Uno de los números más sonados que armó el Tío Tirantes fue el del interfono. 
El despacho del capitán, el de los tenientes y la furrielería estaban bastante alejados entre sí. Un timbre servía para ordenar la presencia de los furrieles en los des­pachos: un timbrazo, llamaba el capitán; dos, llamaban los tenientes. Un sistema elemental pero efectivo. Pero el Tiri consideró que aque­llo no estaba acorde con los nuevos tiempos y con un ejército a punto de ingresar en la OTAN y que apenas seis meses antes había intentado dar un golpe de estado.
Así que un día entró en la furrielería y empezó a comer­le el tarro a Urco sobre la posibilidad de instalar un interfono que comunicase los despachos con la furrielería. Por supuesto, él lo montaría e instalaría, ya que era Inge­niero de Tele­co­munica­ciones. Porque el Tiri era Ingeniero de Telecomunica­ciones, sí señor.
Urquijo lo miró fijamente y se lo quitó de encima con un bufi­do -El Tiri no sólo caía mal a la tropa. También a los man­dos,  sobre todo después de lo del gato enemigo-, pero él continuó insis­tiendo. Tras dar la vara a los tenien­tes, que también se lo quitaron de encima, consiguió ha­cerse oír por el capitán, al que le vendió la mo­to y el inter­fono. El capi­tán iba con el lirio en la mano, todo el mundo le metía goles. Por lo visto, nece­sita­ba un año de mando de tropa para ascender a coman­dan­te, y se había pro­pues­to te­ner conten­to a todo el mundo. Así que el Tío Ti­rantes con­ven­ció al capi­tán para ins­talar el su­sodicho in­ter­fono. Y ade­más, se prestó solí­cito para ir a com­prar to­dos los mate­riales a una tienda muy bonita que él co­nocía en Ma­drid y que abría los sábados.
Total, que entre febrero y abril el Tío Tirantes pilló todos los rebajes. Todos. Durante doce fines de semana segui­dos se fue a su casa con la excusa de ir a comprar los mate­riales del interfono. Cuando no faltaban condensadores no te­nían altavoces, y cuando traían los altavoces faltaba el pedi­do de ferules que no había llegado. Doce rebajes seguidos, mientras la mayoría de gente de la batería se sentían afortu­nados si pillaban dos reba­jes al mes.
Cuando tuvo todos los materiales empezó el montaje de los aparatos. Para poder trabajar más tranquilo, El Tiri pidió usar el cuarto de los cabos primeros. Éstos se vieron obligados a abandonar su pequeño reducto de intimidad para permitir que Edison trabaja­ra con comodidad. Y allí se pasaba el día ensam­blando fusibles, diodos, condensa­do­res y ferulillos. Luego hubo de tirar cable entre la furrielería y los despachos. Y claro, el capitán ordenó a Urco que no le pusiera servicios para que pudiera hacer el montaje tranquilo, con lo cual el odio que Urquiola sentía hacia el Tiri se acrecentó.
Finalmente llegó el gran día. Con la instalación acabada y los aparatos preparados, el capitán, en su despacho, asesorado por el Tiri, accionó la palanca y pronunció la palabra mágica:
      - ¡Furriel!
Pero nosotros no oímos eso. Lo que el aparato instalado en la furrielería emitió fue una especie de sollozo, semejante a los lamentos de Godzilla cuando King Kong le clavaba en el culo la an­te­na de la torre de comunicaciones de Tokyo en el bonito filme "Godzilla contra King Kong".
Urco, con un destello de inteligencia inusual en él, su­gi­rió:
       - Este... vayan a ver si el capitán ha llamado.
Ortega se dirigió raudo al despacho del capitán.
      - A sus órdenes. ¿Ha llamado, mi capitán?
      - Sí. ¿Se ha oído bien el interfono?
      - La verdad es que no. Sólo hemos oído un ruido.
   -¿Un ruido? -preguntó el Tío Tirantes sorprendido y ofendido-.
Se dirigió a la furrielería. Ortega y el capitán estuvie­ron largo rato enviando mensajes desde el despacho, mientras en la fu­rrielería Marconi asistía atónito a los aullidos de Godzilla.
      - He de revisarlo. Y puede que sea necesario cambiar algunas piezas. Tendré que ir a Madrid este fin de semana, mi sargento primero.
En la furrielería reinó un silencio hostil, sólo roto por los sollozos radioeléctricos de Ortega y el capitán. En aquel momento, no sólo Urco odiaba al Tiri. También los furrieles, que con suer­te pillábamos un re­baje cada tres o cuatro sema­nas.
Total, que se fue a Madrid de nuevo, volvió con las pie­zas, revisó el aparato, se volvió a probar y aquello siguió emi­tiendo vagos sonidos godzillianos. Durante las pruebas apa­re­ció por el despacho el Tedientes, que se dirigió al teniente Chusquero, otro de los miembros del club de fans del Tío Tirantes
         - ¡Hombre, Honorio! ¿Ya funciona el interfono?
      - ¡Esto qué coño va a funcionar! -dijo el teniente Chus­quero resumiendo el sentir de la batería. Y nunca, jamás funcionó bien aquel aparato. Lo único que consiguió fue hacernos andar más a los furrieles. A la que oíamos el sollozo godzilliano acudíamos al despacho del capi­tán, que estaba más cerca:
      - A sus órdenes. ¿Ha llamado, mi capitán?
      - No, habrán sido los tenientes.
Y paseo hasta el despacho de los tenientes, situado en el otro extremo de la batería. Uno de los temores de los furrie­les era que instalando el in­terfono, los tenientes -so­bre todo Gilito- pudieran oír nues­tras murmuraciones y pala­bras mayores desde su despacho cuando Urco no estaba. Después de ver el funcio­namiento del apa­rato, seguimos criti­cando a los mandos con toda tranquili­dad.
Finalmente, se desconectaron los aparatos y se volvió al sistema del timbre. Siguiendo la desidia habitual del ejército, los aparatos permanecieron en la furrielería y los despachos varios meses, inertes y mudos, hasta que alguien decidió quitarlos y tirarlos a la basura. 

lunes, 28 de diciembre de 2015

Regimiento 2

Unas escaleras interiores daban acceso desde la plaza del Lagarto a la Plana del Segundo y a la Cuarta Batería. Montoya me abrió la puerta de la Plana. Entramos en una sala grande, con un montón de sillas de bar amontonadas contra una pared. Frente a la puerta, una mesa y el cuar­telero que la ocupaba.
- ¡Batería, un guri! ¡Hola, guri!
- ¡Anda que no te queda mili ni ná!
Había poca gente en la batería. Ya se había tocado diana y el personal estaría en los come­dores desayunando, pues apenas quedaban dos o tres soldados en el dormitorio, situado a continua­ción de la sala de entrada. El dormitorio estaba formado por dos naves no muy amplias, separadas por una hilera de columnas con arcadas. ­Cuatro filas de camas y taquillas se agru­pa­ban en torno a las paredes y las columnas. Quedaba un pasillo central en cada nave, tampoco excesivamente amplio. Me dio la impresión de que había ido a parar a una batería con poca gen­te, pues no se veían más de setenta u ochenta camas, aunque había algunas literas de tres pisos.
El cabo cuartel se dirigió a mí:
- Busca tu taquilla, todas tienen el nombre. Deja el pe­tate dentro y pasa por la oficina. Por cierto, no hace falta que te cambies, os volvéis a marchar hoy de permiso.
- ¿Seguro?
- Sí, no es ninguna novatada.
- ¿Y cómo es eso?
- Y yo qué sé, tío...
Recorrí la batería buscando mi taquilla hasta que la en­contré. Gris, vieja, cutre. Con una etiqueta en la puerta con mi nom­bre y la abreviatura "Artº" antepuesta. Deduje que que­ría decir "artillero", y acerté. La abreviatura se pres­taba al chiste fácil, todos éramos Artºs y estába­mos har­tos de mili.
Apareció de un cuartito otro artº que me preguntó el nom­bre. Cuando se lo dije, me respon­dió airado.
- ¡No! ¡Tú te llamas guri! ¡Guri!
- Bueno, bueno.Pues guri...
Por lo que seguí deduciendo, allí llamaban guris a los re­cién llegados, aquellos a quienes quedaba -nos quedaba- un montón de mili. En El Ferral se nos llamaba chivos, aquí gu­ris. Todo un trabajo de preparación psicológica durante la semana del permiso de jura asimilando mi nuevo status de chivo, y ahora resulta que era un guri. Un puto guri. Y además artº. Estába­mos bue­nos.
Me presenté en la oficina, un recinto pequeño, de no más de cinco metros cuadrados, donde se amontonaban cuatro mesas, cuatro sillas, varios armarios y un furriel con los galones de cabo en las hombreras y una gorra con el galón de cabo prime­ro en la cabeza. Bueno, si todas las novatadas eran como ésa, íbamos bien.
El furriel, Ruiz, me tomó los datos y me informó, por si no lo sabía, que ese mismo día nos íbamos de permiso.
- Espérate por ahí fuera hasta que te llamen los tenien­tes.
Así que me senté en una de las banquetas que había junto a las literas. Mientras tanto, iban llegando con cuentagotas los otros miembros de mi reemplazo. Y también la gente de la bate­ría. Algunos gritaban alborozados al vernos, o bien nos preguntaban el nombre y a continuación ve­nía lo de:
- ¡No! ¡Tú te llamas guri! ¡Guri!
- Vale, vale... Guri.
Acostumbrado a los animales de la 34, me dio la impresión de que allí estaría mejor.
Me llamaron los tenientes. ¿Da usted su permiso? Descu­brirme. A la orden. Se presenta el artillero...
Los tenientes -luego los identificaría como el Tedientes y el Chusquero- repasaron los datos que había dado al furriel y me preguntaron si tenía alguna habilidad de tipo manual. Ante mis dudas, aclararon: albañil, electricista, mecánico...
- No, mi teniente. 
Me mandaron descansar y que ya me po­día ir. Luego pusieron una cruz sobre mi ficha
No había muchas cosas que hacer allí, o eso parecía. Tan sólo debíamos esperar a que dieran las seis de la tarde para irnos de nuevo a casa y regresar el domingo siguiente. Aquello era de­mencial. Pe­ro era el ejército. En fin, descubrí donde estaban los lavabos de la batería, las bonitas vistas del patio del Lagarto y poco más.
A media mañana emperazon a llegar los de Madrid. Prácti­camente la mitad del reempla­zo eran madrileños. Y luego, con el tiem­po, descubriría que más de la mitad de la batería venía de Madrid o de zonas cercanas. Era lógico, apenas hay 100 ki­lómetros entre Madrid y Segovia, y habían elegido el destino más cercano a su casa.
Los de Madrid lo tenían bien, habían cogido el tren de cercanías y en dos horas se habían plan­tado en Segovia. Entre las diez y las doce llegó todo el reemplazo. Y apareció De la Cruz. Yo no lo conocía, por supuesto. Llegó con su petate al hombro, su cara de no gustarle la mili y su bigote. Le había tocado la taqui­lla situada enfrente de la mía. Estaba guardan­do el peta­te cuando pasó un artillero y le hizo la pregunta consabida, recibiendo la misma réplica que yo:
- ¡No! ¡Tú te llamas guri! ¡Guri! ¡Y ese bigote te lo afeitas!
Cuando el interfecto se fue, me pareció oír murmurar a De la Cruz no sé qué de afeitar el bigote a la puta madre de al­guien, pero no estoy se­guro del todo.
Bien, era fácil distinguir a los del reemplazo 80-5º, mi reemplazo, en­tre la gente de la Plana del Segun­do. Todos vestidos de boni­to y sentados en los bancos esperando que pasara algo. Sin duda para que no nos aburriéramos, el cabo cuartel nos enseñó dónde se guardaban las escobas, los cubos y los mochos y nos dijo que después de comer nos tocaría fregar la batería. Y no sólo eso, esta liturgia de fregar la batería la haríamos tres veces al día, después de desayunar, después de co­mer y antes de re­tre­ta, durante tres meses, justo hasta que llegara el reempla­zo 80-7º. Con razón los más contentos de vernos eran los del re­emplazo anterior al nuestro, los del 80-3º. Quedaban libera­dos de la obligación de fregar, y además habían ascendido de putos guris a padres.
A la hora indicada subimos a comer. De entrada, allí no se iba a comer en formación, sino que el horario de comedor era de una a dos y media, y cada cual iba cuando quería. Esa varia­ción ya era una ventaja respecto de las normas estrictas del CIR. Atra­vesamos la plaza del La­garto, pasamos por un pe­queño túnel, aparecimos en un pequeño patio, seguimos subien­do, lle­gamos a otro patio algo más grande, lo superamos tam­bién y finalmente lle­gamos al último pa­tio, en donde estaba la puerta del comedor.
Era un local amplio, alargado, con dos filas de mesas de a ocho y un amplio pasillo central. La pared lateral estaba adornada con una bonita serie de escudos guerreros, presidida por uno mayor, bajo el cual se encontraba escrita la divisa "Santiago y cierra España", la del Capitán Trueno. A pesar de que estaba bas­tante lleno, no se oía excesivo rui­do. Se hacía co­la, se cogía una bandeja de autoservicio y se iba pa­sando por el mos­trador don­de la gente del servicio de comedores iba colo­cando la co­mida sobre las bandejas. Luego nos sentamos a co­mer.
Las miradas de los veteranos y los comentarios eran ine­vitables. Pero al margen de los comentarios sobre el montón de mili que nos quedaba, más que a Franco cuando era cabo, el ambiente era mucho más relajado que en el CIR. Aquel mismo día conocimos a los dos prime­ros de nuestra batería, Félix y Buil. Ambos nos trataron con respeto y educación, o mejor, con com­pañerismo, muy lejos de la fanfa­rronería, la prepotencia y la ignorancia de Zopa, el fascis­mo del Fascista o la violencia del Media Mier­da.
Félix y Buil eran ya bisabuelos, y apenas les quedaban dos meses de mili. Sabían tratar a la gente y ordenar las co­sas. No sólo eso, cuando ordenaban algo solían añadir "por favor". Una de las primeras cosas que dijo Buil aprovechando una formación en que estábamos veteranos y gu­ris fue que no pensaba tolerar no­vatadas en la batería, ni una, y que si te­níamos algún problema se lo dijéramos a él. Félix corroboró a su compañero. En fin, no habíamos ido al RACA 41 de vacacio­nes, pero los días locos de la 34 pertenecían ya al pasado. De todas formas, no todo el mundo lo había pasado mal en el CIR. Meses más tarde, en una de nues­tras conversaciones, De la Cruz me dijo que él había estado en la Compañía 12 -la mejor, por supuesto- y que el trato que les habían dado los veteranos había sido correcto.
Después de comer volvimos a la batería. Los veteranos se tum­baron en sus literas, ya que hasta las cinco tocaba siesta. Pero nosotros no teníamos literas asignadas, así que no pudi­mos tumbarnos, seguimos sentados en los banquitos hablando con veteranos insomnes que nos expli­caban pormenores del funciona­miento de la batería y el cuartel. En conjunto, las normas pare­cían más lógicas que las del CIR. Y convenía adaptarse a ellas, pues aún nos quedaba un año, ¡UN AÑO! de mili.
En seguida nos dimos cuenta que el que más tosía de nues­tro reemplazo era Fermín. Era navarro, claro. Había pedido tres mil prórrogas y allí estaba, con 24 años. De la Cruz lo bau­tizó como El Viejo. Desde que llegó por la mañana ya se había fumado un pa­quete de Ducados. El primero de los centenares que se fumó entre aquellas paredes.
Y llegaron las seis. Cogimos los petates, los pases de permiso, bajamos al patio, forma­mos, y ale, para casa. Dos­cientos guris reexpedidos a casa tras hacer un montón de kiló­metros. Demencial. Y agradable, claro, mejor ir a casa que quedarse allí.
Llegamos a la estación de Segovia y cogimos el primer tren para Madrid. Fui con Jordi y otros dos colegas de Barce­lona que había conocido en el autocar de Valladolid. A ellos los ha­bían des­tinado a la Plana del Primero. Y Jor­di debía tener un enchufe considerable, porque llegó a ser ordenanza del comandante. En el andén había cuatro tíos de la PM, la Policía Militar. Jordi conocía a uno de ellos. Era de nuestro reemplazo. Se había metido voluntario en la PM porque decían que tenían más permi­sos. Y ahora él se quedaba allí y nosotros nos íbamos. De per­miso.
Que se joda el PM.