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viernes, 8 de abril de 2016

El Tío Tirantes 7

Y qué mejor forma de aprovechar estas innatas cualidades artísticas que exhibirlas en el acto de homenaje del día de las Fuerzas Armadas.

A finales de mayo llegó a la furrielería de la Plana del Segundo un oficio desde Secciones ordenando la designación de un cabo gastador para encabezar el desfile que se celebraría en la ciudad el día de las Fuerzas Armadas. El Segundo Grupo había sido elegido para tan alto honor, con la característica previsión militar: el acto se haría el domingo por la mañana y el oficio llegó el viernes a mediodía. Dado que en aquellas fechas yo ya era el furriel bisabuelo de la Plana Mayor del Segundo Grupo, convoqué a los furrieles de la Cuarta y Quinta Baterías a una cumbre en la sala de la televisión, para ver a qué batería le caía la china. Y tocó a la Plana, por supuesto. O sea, a mí. Una vez los furrieles de la Cuarta y la Quinta se marcharon aliviados y riendo por lo bajo, consulté el cuadro de efectivos. Era viernes a las dos de la tarde, la gente de rebaje ya se había marchado y quedábamos los cuatro gatos que gozaríamos del fin de semana en el cuartel. Los mandos también habían desaparecido, por supuesto, hasta el lunes por la mañana.

Consulté el cuadrante de servicios, cumplimentado por Urco antes de marcharse. En todas las baterías los servicios de la tropa los ponía el furriel más antiguo, menos en la nuestra. En la Plana del Segundo los servicios los ponía Urco, el sargento primero Urco, con dos cojones, porque no se fiaba de los furrieles y porque le daba la puta gana. Para los furrieles tal actitud tenía aspectos positivos, nos evitaba discusiones con los cabos y artilleros. Si alguien se quejaba de un servicio, la respuesta era simple: “Quéjate al sargento primero, que es quien te lo ha puesto.” En contrapartida, los furrieles podíamos acabar haciendo cualquier servicio, como las guardias de Prevención, las más jodidas. Jamás un furriel del resto de baterías hizo una guardia de Prevención, excepto nosotros.

Un rápido vistazo al cuadrante me confirmó mis temores: los únicos cabos disponibles en la batería para el domingo éramos el Tío Tirantes y yo. El Tiri de cabo cuartel y yo de furriel. En el oficio se especificaba que el cabo gastador debía tener una cierta presencia física y una cierta altura. Yo era más alto que el Tiri. Yo era algo más delgado que el Tiri. Pero yo no iba a hacer de cabo gastador ni loco. En su día, yo juré fidelidad a la patria y dar por ella hasta la última gota de mi sangre si fuere menester, eso vale, de acuerdo, con matices, ja en parlarem, pero yo no juré hacer de majorette.

Así que puse en práctica todo lo que había aprendido de los militares en aquellos fecundos meses. Cogí la goma de borrar e hice dos pequeños cambios que Urco jamás advertiría y el Tiri tampoco. El cabo cuartel que yo tenía el sábado lo pasé al domingo. Y el cabo cuartel del Tiri del domingo lo pasé al sábado. De esta forma, aquel hombre quedaba libre el domingo para ir a desfilar y homenajear a las Fuerzas Armadas que tanto admiraba su madre, la poetisa castrense.

Una vez hecho esto, quedaba comunicarle la noticia al agraciado. No lo vio muy claro, incluso me propuso hacer un cambio en los servicios y que fuera yo el gastador (es decir, volver a la situación original prevista por Urco), a cambio de su gratitud eterna, pero no le sirvió de nada al pobre hombre. Yo el domingo tenía cabo cuartel. Y además, mi argumento de que la furrielería jamás podía quedar desatendida, ni en fin de semana, pareció convencerlo.

Llegó el domingo. Puntualmente, a las once de la mañana, vestido con sus mejores galas de romano y cubierta la cabeza con su boina verde OTAN, el Tío Tirantes bajó al patio del lagarto y se presentó ante Pink Floid. Pink Floid era el jefe de la banda de música del Regimiento. En realidad se llamaba Dionisio y era brigada. Ya hablaremos de él en su momento. Cuando el hombre vio al Tiri parece ser que dijo algo así como que si no había un cabo más alto y más delgado para hacer de gastador, coño! En previsión de que el Tiri se fuera de la lengua y dijera que en la Plana del Segundo había un cabo alto y apuesto haciendo de cabo cuartel y que el brigada se mosqueara y subiera a comprobarlo, me encerré en la furrielería con un montón de carpetas y papeles sobre la mesa y varios folios en la máquina de escribir, para que aquel genio de la música no dudara de mi leal sacrificio por la patria tramitando expedientes hasta en domingo.

Pero no pasó nada de todo eso. Al cabo de un rato oí los espantosos y estridentes acordes de la banda de música que se iban alejando con un cierto ritmo marcial. Con cautela, abrí la puerta, salí de la oficina y me fui hacia los lavabos, alejado de las ventanas para que nadie detectara desde el puto patio del Lagarto la presencia de un cabo alto y apuesto escaqueado en la batería. Desde la ventana de los lavabos, que daba a la puerta principal del cuartel, pude ver que la banda ya enfilaba la avenida en dirección al Parque de Automovilismo, lugar donde se hacía el acto del dia de las Fuerzas Armadas. Encabezándola, allí iba el Tío Tirantes, moviendo arrítmicamente una vara de majorette y marcando el paso digamos que marcialmente. La imagen era bastante lamentable, y el sonido también. Mucho porte distinguido no tenía, pero lo importante era que él estaba allí y no yo.

Afortunadamente regresó contento. Había marchado encabezando la comitiva, le habían aplaudido, el jefazo del Parque de Automovilismo había hecho un discurso muy bonito parecido a los poemas de su madre y había ligado con un grupo de nenas de octavo de básica. ¿Qué más se puede pedir?




viernes, 19 de febrero de 2016

El Tío Tirantes 3

Uno de los números más sonados que armó el Tío Tirantes fue el del interfono. 
El despacho del capitán, el de los tenientes y la furrielería estaban bastante alejados entre sí. Un timbre servía para ordenar la presencia de los furrieles en los des­pachos: un timbrazo, llamaba el capitán; dos, llamaban los tenientes. Un sistema elemental pero efectivo. Pero el Tiri consideró que aque­llo no estaba acorde con los nuevos tiempos y con un ejército a punto de ingresar en la OTAN y que apenas seis meses antes había intentado dar un golpe de estado.
Así que un día entró en la furrielería y empezó a comer­le el tarro a Urco sobre la posibilidad de instalar un interfono que comunicase los despachos con la furrielería. Por supuesto, él lo montaría e instalaría, ya que era Inge­niero de Tele­co­munica­ciones. Porque el Tiri era Ingeniero de Telecomunica­ciones, sí señor.
Urquijo lo miró fijamente y se lo quitó de encima con un bufi­do -El Tiri no sólo caía mal a la tropa. También a los man­dos,  sobre todo después de lo del gato enemigo-, pero él continuó insis­tiendo. Tras dar la vara a los tenien­tes, que también se lo quitaron de encima, consiguió ha­cerse oír por el capitán, al que le vendió la mo­to y el inter­fono. El capi­tán iba con el lirio en la mano, todo el mundo le metía goles. Por lo visto, nece­sita­ba un año de mando de tropa para ascender a coman­dan­te, y se había pro­pues­to te­ner conten­to a todo el mundo. Así que el Tío Ti­rantes con­ven­ció al capi­tán para ins­talar el su­sodicho in­ter­fono. Y ade­más, se prestó solí­cito para ir a com­prar to­dos los mate­riales a una tienda muy bonita que él co­nocía en Ma­drid y que abría los sábados.
Total, que entre febrero y abril el Tío Tirantes pilló todos los rebajes. Todos. Durante doce fines de semana segui­dos se fue a su casa con la excusa de ir a comprar los mate­riales del interfono. Cuando no faltaban condensadores no te­nían altavoces, y cuando traían los altavoces faltaba el pedi­do de ferules que no había llegado. Doce rebajes seguidos, mientras la mayoría de gente de la batería se sentían afortu­nados si pillaban dos reba­jes al mes.
Cuando tuvo todos los materiales empezó el montaje de los aparatos. Para poder trabajar más tranquilo, El Tiri pidió usar el cuarto de los cabos primeros. Éstos se vieron obligados a abandonar su pequeño reducto de intimidad para permitir que Edison trabaja­ra con comodidad. Y allí se pasaba el día ensam­blando fusibles, diodos, condensa­do­res y ferulillos. Luego hubo de tirar cable entre la furrielería y los despachos. Y claro, el capitán ordenó a Urco que no le pusiera servicios para que pudiera hacer el montaje tranquilo, con lo cual el odio que Urquiola sentía hacia el Tiri se acrecentó.
Finalmente llegó el gran día. Con la instalación acabada y los aparatos preparados, el capitán, en su despacho, asesorado por el Tiri, accionó la palanca y pronunció la palabra mágica:
      - ¡Furriel!
Pero nosotros no oímos eso. Lo que el aparato instalado en la furrielería emitió fue una especie de sollozo, semejante a los lamentos de Godzilla cuando King Kong le clavaba en el culo la an­te­na de la torre de comunicaciones de Tokyo en el bonito filme "Godzilla contra King Kong".
Urco, con un destello de inteligencia inusual en él, su­gi­rió:
       - Este... vayan a ver si el capitán ha llamado.
Ortega se dirigió raudo al despacho del capitán.
      - A sus órdenes. ¿Ha llamado, mi capitán?
      - Sí. ¿Se ha oído bien el interfono?
      - La verdad es que no. Sólo hemos oído un ruido.
   -¿Un ruido? -preguntó el Tío Tirantes sorprendido y ofendido-.
Se dirigió a la furrielería. Ortega y el capitán estuvie­ron largo rato enviando mensajes desde el despacho, mientras en la fu­rrielería Marconi asistía atónito a los aullidos de Godzilla.
      - He de revisarlo. Y puede que sea necesario cambiar algunas piezas. Tendré que ir a Madrid este fin de semana, mi sargento primero.
En la furrielería reinó un silencio hostil, sólo roto por los sollozos radioeléctricos de Ortega y el capitán. En aquel momento, no sólo Urco odiaba al Tiri. También los furrieles, que con suer­te pillábamos un re­baje cada tres o cuatro sema­nas.
Total, que se fue a Madrid de nuevo, volvió con las pie­zas, revisó el aparato, se volvió a probar y aquello siguió emi­tiendo vagos sonidos godzillianos. Durante las pruebas apa­re­ció por el despacho el Tedientes, que se dirigió al teniente Chusquero, otro de los miembros del club de fans del Tío Tirantes
         - ¡Hombre, Honorio! ¿Ya funciona el interfono?
      - ¡Esto qué coño va a funcionar! -dijo el teniente Chus­quero resumiendo el sentir de la batería. Y nunca, jamás funcionó bien aquel aparato. Lo único que consiguió fue hacernos andar más a los furrieles. A la que oíamos el sollozo godzilliano acudíamos al despacho del capi­tán, que estaba más cerca:
      - A sus órdenes. ¿Ha llamado, mi capitán?
      - No, habrán sido los tenientes.
Y paseo hasta el despacho de los tenientes, situado en el otro extremo de la batería. Uno de los temores de los furrie­les era que instalando el in­terfono, los tenientes -so­bre todo Gilito- pudieran oír nues­tras murmuraciones y pala­bras mayores desde su despacho cuando Urco no estaba. Después de ver el funcio­namiento del apa­rato, seguimos criti­cando a los mandos con toda tranquili­dad.
Finalmente, se desconectaron los aparatos y se volvió al sistema del timbre. Siguiendo la desidia habitual del ejército, los aparatos permanecieron en la furrielería y los despachos varios meses, inertes y mudos, hasta que alguien decidió quitarlos y tirarlos a la basura. 

viernes, 5 de febrero de 2016

Navidad y otras fechas 6

El primer día del nuevo año pasó con más pena que gloria. Miguel volvió al cuartel el día 1 a retreta. Al menos ya no estaba solo en la oficina, aunque la quemazón de Miguel era considerable. Estaba casado, y cada día en el regimiento le iba desgastando un poco más. Tampoco había disfrutado de un permiso de navidad propiamente dicho, sino de dos rebajes por nochebuena y nochevieja, y poco más.
Un aspecto positivo es que al ser viernes, se produjo el relevo del suboficial de semana. Salió Urco y entró el sargento Eustaquio. Con él las semanas eran tranquilas, ya que él era un hombre tranquilo y razonable. Sólo tenía un defecto, que era militar, pero a veces hasta nos olvidábamos de eso. El día 5 de enero, a media mañana, entró en la oficina donde vegetábamos Miguel y yo.
        - Furrieles, ¿que previsión hay de movimiento de personal en la batería estos días?
La pregunta nos pilló de sorpresa.
       - Pues... a ver, hoy es martes, mañana es día de Reyes y este fin de semana no hay ningún rebaje previsto, mi sargento. Hasta el domingo día 10, que vuelven los que se fueron de permiso por nochevieja, no está previsto que se incorpore nadie. 
       - Vamos a ver -dijo el sargento-, ¿os interesa marchar a casa hasta el domingo?
Esta pregunta aún nos pilló más de sorpresa que la anterior.
      - Por supuesto, mi sargento. Pero la furrielería se quedaría sin nadie. 
      - No os preocupéis, eso es cosa mía. Preparadme todos los estadillos de retreta y de diana hasta el domingo, con las previsiones que tengáis de altas y bajas, que parece que no habrá ninguna. Vosotros os vais y yo me ocuparé de la oficina.
Aquí ya nos quedamos pasmados, al borde de la embolia.
       - Pero... -Miguel no se atrevió a hacer la pregunta clave. “¿Usted sabrá hacerlo, mi sargento?”. Y yo tampoco la hice, por supuesto. El sargento nos leyó el pensamiento 
       - He sido furriel antes que sargento, no os preocupéis por eso. Por lo que sé, los servicios ya los ha puesto el sargento primero, ¿verdad?
       - Sí, como siempre.
       - Pues venga, cuanto antes me preparéis los estadillos, antes os vais.
En la siguiente hora, la oficina registró una actividad frenética. En un tiempo rècord, Miguel y yo le confeccionamos al sargento Eustaquio nueve estadillos de retreta y diana. Cuando ya estábamos a punto de acabar, entró en la oficina el pájaro de mal agüero que nos jodería el día y el plan del sargento. Un cabo de la Plana Mayor de Mando entró con un papel en la mano.
        - ¡Furris, que mañana os toca furriel de día!
Miguel y yo nos quedamos en blanco. Mañana nos tocaba furriel de día. Cada ocho días nos tocaba este servicio, y no habíamos caído en ello cuando el sargento nos propuso que  la oficina corriera de su cuenta. En el Regimiento había ocho baterías. Por riguroso orden, cada día le tocaba a una el servicio de furriel de día. El servicio comportaba una serie de obligaciones: ir a buscar el pan del desayuno al cuartel de Intendencia, antes de diana; volver al mismo sitio a media mañana a por el pan de la comida y la cena; pasar a máquina todos los partes de entrada y salida que hacían los de la SV (Servicio de Vigilancia) en la puerta del cuartel... Y poco más, pero para eso se necesitaba como mínimo un furriel en la oficina. Y eso no podía hacerlo el sargento, que ya era suboficial de semana. Se lo comunicamos.
        - Vaya. Pues es una pena. Uno de vosotros se ha de quedar, pero el otro puede irse, con uno hay más que suficiente, ¿verdad? 
        - Sí, mi sargento
        - Pues os arregláis entre vosotros, a mí me da igual quién se queda y quién se va.

Cuando nos quedamos solos, Miguel fue el primero en hablar.
        - Vete tú -me dijo-. 
        - No -respondí-. Vete tú, yo acabo de volver de permiso. Tú no has tenido un permiso de navidad en condiciones.
        - Es igual, tío. Vete tú. Vives más lejos y con los permisos que llevas estas últimas semanas, hasta Semana Santa como mínimo no vas a pillar ninguno más. Yo tengo más posibilidades de pillar alguno pronto, y me licencio antes que tú. Y a mala leche le pediré permiso al sargento y me iré de escapada a casa el sábado y el domingo. Vete tú, de verdad.
          - Bueno, muchas gracias, Miguel. Eres un tío genial.
          - Déjalo, aquí hemos de ayudarnos, ya nos putean bastante los otros.

Así que acabamos de organizar los estadillos y avancé todo el trabajo que pude para que Miguel no hiciera gran cosa, aparte de aburrirse y quemarse más. Antes de subir a comer, mi compañero revisó el cuadrante de servicios.
          - ¿Hasta cuando te ha dado permiso el sargento?
          - Hasta el domingo, tal como nos ha dicho esta mañana.
          - Pues has de volver el sábado. Urco te ha puesto guardia el domingo
          - ¡Joder!
          - Consuélate, te la ha puesto de Baterías. Podrás dormir todo el día.
Ese fue mi regalo de Reyes por parte de Urco, una guardia de Baterías. Después de comer cogí el petate dispuesto a marcharme. Antes tuve que presentarme al oficial de guardia para que me autorizara a salir del cuartel, ya que aún no era la hora de paseo.
Estaba de guardia el teniente López, de la Cuarta Batería, un tío que solía hablar con el perro del cuerpo de guardia, un sarnoso y mugriento pastor alemán que debía estar allí desde los tiempos del Gran Capitán. El perro era un ser inteligente y jamás respondió al teniente.
         - A la orden, mi teniente. Solicito permiso para salir del Regimiento. 
          - ¿Te vas de permiso? - me preguntó mientras miraba los pases correspondientes-. ¿Hasta el domingo?
          - Hasta el sábado. El domingo entro de guardia
          - Ah, eso ya me gusta más
          - ¿Serás cabrón? - pensé para mis adentros sin decirlo para mis afueras, por supuesto.
          - Pues hala, ya te puedes ir.
          - A la orden, mi teniente.
Y salí zumbando hacia la estación de la RENFE, antes de que alguien se arrepintiera de algo y me afectara directamente.

lunes, 18 de enero de 2016

Navidad y otras fechas 4

Y amaneció el lunes 21, lluvioso y frío. Después de pasar diana, me fui. Me despedí de los amigotes –De la Cruz, Miguel- cogí el petate y salí del cuartel. Seguía cayendo una fina lluvia. Faltaba más de una hora para que saliera el sol. Decidí coger el autobús para ir hasta Madrid. El tren tardaba dos horas, y ya había perdido el primero, que salía justo cuando tocaban diana en el Regimiento. El tren siguiente no salía hasta las nueve de la mañana. En cambio, a las siete y media había un autobús de La Sepulvedana hacia Madrid.
Llegué a la estación de autobuses. Apenas había nadie. Dos personas esperaban ante la única taquilla abierta. El señor que iba delante mío habló con el taquillero de la forma en que se habla en las ciudades pequeñas donde casi todo el mundo se conoce.
- Hola, Basilio. Ida y vuelta a Madrid, como siempre. ¿Cómo está tu madre? Bueno. Hala, adiós, Basilio, hasta mañana.
Subí al autocar, iluminado por unas cuantas bombillas mortecinas. Iba bastante lleno. Me senté en la parte trasera. Salimos. Apenas se veía nada por las ventanillas, los cristales empañados por el frío de la mañana. Pasamos por delante de Baterías y acerté a ver el pobre infeliz que estaba de guardia en la garita de la carretera. Dentro de pocos minutos lo relevarían y se podría otro infeliz. Yo también había sido uno de esos infelices, aunque hacía apenas tres días los galones de cabo me habían liberado de esa servidumbre. Sólo de ésa, las otras seguían.
Poco a poco, mientras cruzábamos la sierra de Guadarrama,  fue amaneciendo. Cuando llegamos a Madrid ya era de día. El autobús de La Sepulvedana tenía su parada en el Paseo de La Florida, junto a la estación del Norte (¿Por qué el autobús que hacía la línea de Segovia era de La Sepulvedana y no de La Segoviana? Nunca lo entendí). Cogí el Metro hasta Colón. Lo que siempre me sorprendía del Metro de Madrid era la cantidad de militares que viajaba en él, yo incluído. Militares de baja graduación, se entiende, jamás vi a un General de Brigada haciendo transbordo en Sol, por ejemplo. Por todas partes sonaba en aquellos días una canción de Paloma San Basilio, “Juntos”: en la radio, en la tele, en los bares... También la oí en el transistor de un vendedor de cupones de la ONCE sentado en uno de los pasillos de enlace.
Llegué a Colón. Fui hacia el párking subterráneo y cogí el autobús que enlazaba Madrid con el aeropuerto. Eran unos autocares amarillos, muy acristalados, cómodos... Daba gusto hacer el trayecto Madrid-Aeropuerto. Quería decir que me iba a casa. El trayecto inverso ya no era tan agradable.
Llegamos a Barajas. Terminal del Puente Aéreo. Podría haber ido hasta Barcelona en tren, pero en aquella época el Talgo tardaba casi nueve horas en hacer el trayecto. Y el avión apenas cincuenta minutos. Claro que era más caro. El viaje en Talgo salía por unas 2.500 pesetas y el viaje en avión por más de 6.000. Pero bueno, no iba a ser más rico ni más pobre por esas 4.000 de diferencia, que me permitirían estar siete horas más en casa. El dinero se puede recuperar, pero no el tiempo.
Había perdido el avión de las diez por pocos minutos, así que habría que esperar al de las once. Aproveché para desayunar, ya que no lo había hecho en el Regimiento. Y luego esperar. Por la sala de espera de la terminal estaba el periodista Manuel Martín Ferrand, ya bastante gordo. No me extraña que viajara en primera clase, en los asientos de la clase turista no le habría cabido el culo.
No viajaba mucha gente en el avión de las once. El dia era bastante claro, había pocas nubes y el panorama desde el avión era el de siempre. Debajo se veía más color ocre que verde. Llegamos a Barcelona. Cogí el tren del aeropuerto hasta Sants. Allí, el metro –línea 5 y luego línea 4- hasta Barceloneta y allí de nuevo el tren hasta Badalona. Tardé más del aeropuerto a casa que de Barajas a El Prat.
En fin, transcurrieron las navidades como cualquier otro año, sólo que con la fecha de caducidad sobre mí: el día 30 debía estar de nuevo en Segovia. Llamé a Jorge, pero su madre me dijo que no le habían dado permiso, confiaba en que le darían el segundo turno, así que no nos vimos. Cuando yo regresara al cuartel, él seguramente llegaría a su casa.

Y llegó el día 30. Debía estar en la Batería a retreta, a las diez y media de la noche. Así que apuré al máximo. Cogería el Puente Aéreo de las cuatro, a las cinco estaría en Barajas, a las seis menos cuarto en Madrid y en Recoletos tomaría el tren de las seis y media que me dejaría en Segovia a las ocho y media. Aún dispondría de dos horas para cenar en algún bar contaminado de mili y regresar tranquilamente –es un decir- a la Batería. Esta era la teoría.
La realidad fue distinta. Nada más llegar al aeropuerto, a las tres y media, ya vi que el número de gente que había en la terminal del Puente Aéreo era superior al normal. Me dieron la tarjeta de embarque para el avión de las cuatro, pero no se sabía a qué hora saldría el avión de las cuatro. Ni siquiera había salido el de las tres. Por lo visto, había una tormenta muy fuerte sobre Madrid y Barajas estaba cerrado. Sólo cabía esperar.
La tarde era muy gris y fría. Seguía acumulándose gente en la terminal. Llamaron a la gente del avión de las tres, que embarcaron. Pero a los de las cuatro –y ya eran casi las cinco-, nada de nada. El problema no era llegar a Madrid, sino a Segovia. Después del tren de las seis y media había otro a las ocho, y se acabó. Sólo me faltaría llegar tarde después del permiso, cuando ya no barruntaba más permisos hasta muchos meses más tarde.
Finalmente, pasadas las cinco, nos llamaron. Embarcamos en el Boeing 727, que iba totalmente lleno. El avión se dirigió hacia la pista, aceleró y despegó. Todo normal. El vuelo fue bastante tranquilo hasta un cuarto de hora antes de llegar a Madrid. Ya cerca del aeropuerto, pero aún faltando bastante tiempo para aterrizar, se nos ordenó que nos abrocháramos los cinturones. Y empezó el baile. El avión empezó a subir y bajar de forma más o menos controlada, pero pegando unos bandazos terribles a uno y otro lado. Y abajo, lejos, muy lejos, se distinguían las pistas de Barajas.
El avión describió un amplísimo círculo en torno al aeropuerto mientras iba perdiendo altura y seguía pegando botes. Lentamente el suelo se nos iba acercando hasta que tomamos tierra. Teniendo en cuenta el último cuarto de hora de vuelo, el aterrizaje fue bastante correcto.
Llegamos a la terminal. Dado que yo sólo llevaba el petate y lo había llevado conmigo en la cabina como equipaje de mano, no tuve que esperar la salida de equipajes. Así y todo, ya eran más de las seis y ni de broma cogería en tren de las seis y media. Tomé el autobús hacia Madrid, bajé en Colón y me dirigí hacia la estación de Recoletos, bastante inhóspita. Dispuesto a esperar hasta las ocho, me sorpendió que al cabo de un rato los altavoces anunciaran en breves momentos el paso de un tren hacia Segovia. Cierto, era el tren de las seis y media que venía con un retraso considerable. Finalmente, lo cogí. Aquella tarde todos los trenes llevaban retraso. Por lo visto, una monumental borrasca se había aposentado en el tercio sur peninsular y estaba perjudicando los transportes ferroviarios y aéreos de una amplia zona de España. Si llegaba tarde al cuartel, no sería el único.
Llegué a Segovia pasadas las nueve. Cené en un bar y me dirigí al Regimiento. Aquello parecía el desalojo del Titanic. Media batería –los que habían pasado allí la navidad- se había marchado a casa aquella tarde de permiso. La otra media intentaba llegar a Segovia desde distintos lugares de la geografía patria. Y Miguel, vestido de romano, que me esperaba en la furrielería con el petate en una mano y el estadillo de retreta en la otra.
- ¿Cómo llegas tan tarde?
- Perdona, pero hay un cirio monumental. Todos los trenes van con retraso. Imagino que mucha gente llegará tarde.
- Bueno, yo me voy, estaba esperando que llegaras tú para no dejar sola la furrielería. Aquí tienes el estadillo de retreta, ya está hecho.
- ¿Y Beasaín?
- Se ha marchado hoy de permiso, diez días. Yo me voy de rebaje hasta el dia 1. Te quedas tu sólo en la oficina.
- Bueno. ¿Quién está de semana?
- Urco. Que no te pase nada. Suerte y feliz año.
- Feliz año, Miguel. Adiós.
En efecto, Urco era el suboficial de semana. Y nada más verme me ordenó que le hiciera la cama... en el buen sentido de la palabra. Una de las funciones del furriel era hacerle la cama al suboficial de semana si éste dormía en el cuarto del suboficial de semana, anexo a la Batería. Esta situación sólo se daba con los sargentos. Y cuando Veguín se vino a vivir al cuarto del suboficial, tanto en sargento Eustaquio como Urco se iban a dormir a su casa cuando les tocaba semana.
Aquella noche pasamos retreta faltando seis o siete personas, que fueron llegando poco a poco de madrugada. Teniendo en cuenta el cristo meteorológico montado, se decidió no sancionar a nadie.

domingo, 3 de enero de 2016

Aspariegos 2

El jefe de la expedición o alguien que creía serlo dio la or­den de marcha y par­timos hacia la estación del tren. Reco­rri­mos los ochocientos metros que sepa­raban el Regi­miento de las insta­laciones ferroviarias entre los vítores enfervori­za­dos de la muchedumbre que pasaba total­mente de no­sotros. En los mue­lles de la esta­ción cargamos los vehículos -jeeps, ca­miones, TOAS y pie­zas ATP- en vagones pla­taforma. Mientras los asegurába­mos con calzos y cuerdas cayó un fenome­nal cha­pa­rrón que puso a prueba nuestro espíritu mi­litar. El poco que a mí me quedaba después de las torturas de La Tulipe se esfumó en aquel momento. Era maravi­lloso estar agachado clavando los clavos que fijaban los calzos mien­tras el agua golpeaba furio­samente nuestra es­palda y se despa­rrama­ba por todo el unifor­me. Cuan­do los vehículos estuvie­ron fir­me­mente asentados en las plata­formas, nos permitieron pro­te­ger­nos en un coberti­zo. Estábamos total­mente calados y no ha­bía posibi­lidad de cam­biarse. Empe­zába­mos bien.
Al cabo de un rato, cuando escampó, se nos ordenó ocu­par nuestros vagones. Caminamos un buen trecho hasta la cabe­za del tren, donde estaban los tres coches de pasajeros, del mate­rial más anti­guo de RENFE. Coches de la serie 5000, de depar­tamen­tos, mal pintados, sucios y sin calefacción. Subimos y nos aposenta­mos, ocho en cada departamento. En esto llegó el sar­gento Eustaquio y ordenó que bajáramos unos cuantos a cargar las provisio­nes del bar. ¡Aún quedaban cosas por cargar!
En nuestro departamento dormitaba un veterano de nuestra ba­tería, de quien no recuerdo el nom­bre. Sólo recuerdo que tenía inci­sivos draculoides y des­perta­ba a la gente por la noche cuando tenía imaginaria para venderles un submarino. Este magnífico ejemplar del géne­ro humano se quedó mirando a los guris que allí estábamos y nos dirigió un sabio aserto:
- Va, coño, bajad a cargar todo eso. No pensaréis que voy a bajar yo, ¿ver­dad?
Otro que había llegado a la máxima cima de su vida, era bisabuelo. Y no se le podía contradecir. Así que los putos guris baja­mos del tren, nos acercamos a un jeep que había junto a la vía y cargamos las provisiones del bar a base de irlas subien­do al tren en sucesivos viajes. Aquello parecía una plantación de algodón de Alabama en 1860. De un momento a otro iba a apa­recer por allí la Señorita Escar­lata montada a caballo a ordenarnos que cargára­mos el Acue­ducto en el tren.
Pero no. Apareció Urco con su Pelotón de Circulación. Cuando todo el mundo estaba en el tren, los PCs tomaron posi­ciones junto a las puertas de los vagones. Eran los únicos que iban armados: subfusil Urco, Cetme los artilleros. Uno de ellos era Paniagua, guri como yo. El chico haría carrera y llegaría a cabo primero.
- Fíjate, me han hecho del partido comunista.
- Ya, ya veo. ¿Y qué hacéis exactamente?
- No sé, nos han dicho que cuando el tren pare hemos de bajar a vigilarlo.
- ¿A vigilarlo? ¿Por qué? ¿Se lo va a llevar el enemigo?
- Yo qué sé, tío.
Y, efectivamente, cuando el tren paró, al poco rato de salir de Segovia, los PCs saltaron aguerridamente al suelo -dos se cayeron- y se desplegaron en torno al convoi. Urco dirigía la maniobra con el aplomo del cabo Rusty. La imagen era suges­tiva: en me­dio de la in­mensa estepa castellana, un tren parado y veinte infelices armados comandados por un demente profesio­nal esperando la aparición del enemi­go. Éste, juicioso, había decidido no apa­recer, pues el casco de Urco ofrecía una peli­grosidad manifiesta. Y mucho más lo que había debajo, la Nada Absoluta. Habría tres o cuatro para­das más hasta llegar a des­tino. Ignoro si fueron impu­tables a RENFE o entraban den­tro del programa de actividades castrenses previsto. En cada una de ellas se repitió el patético número de los PCs.
Arrancamos de nuevo. Unos cuantos guris de la Plana del Segundo dimos un paseo por el tren. Todas las ventanillas del tren apa­recían cubiertas de multitud de chupitas, camisas y pan­talones colga­dos para se­car­se. En los dos coches de Segunda via­jaba la tropa, el coche mixto Pri­mera-Bar lo ocupaban su­boficia­les y oficiales. Curiosamente, las ventanas de este coche no tenían ninguna prenda de ropa tendida.
A media tarde llegamos a Medina del Campo, importante nudo ferro­viario. Los PCs se desplegaron por el andén, mien­tras los fe­rroviarios cambiaban de cabeza a cola la locomotora del tren, pues allí haríamos inversión de marcha. Los PCs, en el andén, aparecían aún más ridículos que en campo abierto. E inú­tiles, pues se acercó un cocacolero al tren -un espía del ene­migo, por supuesto- y no hicieron nada por impedirle el paso. Hasta le compraron latas de Fanta limón.

sábado, 2 de enero de 2016

Aspariegos 1

A la semana siguiente de terminar el entrenamiento inten­sivo dirigido por La Tulipe nos fuimos a Zamora a hacer unas maniobras de brigada. Nuestro regimiento formaba parte de la Brigada de Caballería Jarama, compuesta por regimientos varios de caballería y arti­llería acuartelados en Segovia -no­sotros-, Vallado­lid, As­torga y Salamanca. El lema de la Briga­da pre­si­día el bonito come­dor de tropa del regimiento, y era el mis­mo del Ca­pitán Trueno: "Santiago y cierra Espa­ña".
La semana de margen entre el fin de la tortura y la mar­cha de maniobras no fue precisamente de vacaciones. An­duvi­mos va­rios días acarreando baúles llenos de cosas desde la batería hasta los camiones aparcados en la plaza del Lagarto. Urco dirigía las operaciones con total profesionalidad y efi­cacia, sin arrugarse el uniforme lo más mínimo. Cada vez que se cru­zaba por los pasi­llos con Súper­happy, le espetaba ale­gremente:
- ¡Féli, ya ti llenao tre camióne!
Tal afirmación provocaba la justa réplica de De la Cruz:
- ¡Su puta madre! ¡Como si los hubiera cargado él, y no nosotros! ¿Por qué no se calla, al menos?
Finalmente llegó el gran día. Antes de tocar diana, Mon­toya, el tirador nato, ya se encontraba trasteando en su ta­quilla. Él no venía de maniobras y ese día entraba de guar­dia, por supuesto. Sonó el teléfono de la fu­rrielería y lo cogió el imaginaria, Gaspar, un tipo de Oropesa del Mar. Él tampoco iba de maniobras.
Al fin tocó la corneta. Montoya, con toda la fuerza de sus pulmones, entonó el grito ritual, aunque no le correspon­día a él, sino al imaginaria. Gaspar le dejó hacer.
- ¡¡¡BATERÍA, DIANA!!!
En el fondo, a aquel hombre le gustaba la mili.
Y venga, la historia de siempre. Formar, recuento, romper filas, mear, lavarse, subir a desayunar... De nuevo en la ba­te­ría, recibimos órdenes de seguir empaque­tando cosas. Aunque pare­ciera increí­ble, todavía quedaban trastos por car­gar en los ca­miones. Andaba yo cargando una de las máqui­nas de escri­bir de la fu­rrielería cuando me fue dado observar una imagen que per­manece­rá en mi retina hasta el fin de los tiem­pos: Ur­co ves­tido con traje de campaña.
Vestía el uniforme de faena habitual, pero un ele­mento nuevo le confería un aspecto fasci­nante: llevaba un casco en la cabeza. Un casco tipo alemán, que le hacía aún más acha­pa­rrado y cua­drado de lo que ya era. Al casco se le aña­dían va­rios correa­jes y un bra­zalete en el brazo, con la ins­crip­ción PC en le­tras blancas sobre dos franjas, una negra y otra roja. Aque­llo empeza­ba a ser fascinante. Corrían por la batería otros indivi­duos también tocados con casco y con el brazale­te de marras. Luego nos en­teramos que PC que­ría de­cir Pelotón de Circula­ción, y las per­sonas que lo lleva­ban estaban desti­nadas a una alta misión que más tarde se ex­plica­rá.
Urco me ordenó que me diera prisa con la máquina. A todo el mundo le decía que se diera prisa. Por lo visto, estaba ansio­so de ir a comunicar a Súperhappy que el último camión había sido cargado y que la operación había terminado. Efecti­vamente, carga­mos el último camión a toda prisa y luego nos pa­samos una hora esperando en la plaza del Lagarto. Urco y los del PC habían desa­parecido. Velasco comía chocola­te. De la Cruz se acer­có y le pidió un poco.
- No, el chocolate es mío.
- Va, tío, dame un poco de chocolate, hombre -insistió De la Cruz con su sonrisa más encantadora-.
- No, es mío - respondió Velasco con su cara más agria-.
- Va, coño, no digas bobadas. Dame un poco, por favor.
- No, no y no. Es mío, ¿te enteras? Mío. El chocolate es mío. Y me lo como yo.
Aún no habíamos salido del cuartel y Velasco estaba empe­zando a dar muestras de cierto dese­quilibrio mental. To­tal, que De la Cruz le encargó a Juan Domingo, el orde­nanza de nuestra bate­ría, una tableta de chocolate, que luego com­partimos. Los or­de­nanzas tenían pase para entrar y salir del cuartel a dis­cre­ción y aceptaban todo tipo de encargos, siempre que el encargador pagara por adelantado. 

viernes, 1 de enero de 2016

Regimiento 5

A punto de acabar nuestro máster en instrucción de orden cerrado, psicodrama bélico y teórica con coronel yayo incluido (y el Titulcia su Curso de Amanuenses) nos fue dado conocer a nuestro sargento primero. Cuando llegamos a la Plana del Segundo el hombre estaba de permiso. Todos los veteranos nos decían que “uy, va veréis cuando vuelva el sargento primero”. Y sí, la verdad es que volvió, lo vimos, y ¡uy, lo que vimos!
Todo el mundo lo conocía como Urco, y la verdad es que cuando apareció ante nuestros ojos lo entendimos enseguida. Si ese hombre hubiese participado en el rodaje de “El planeta de los simios” no hubiese necesitado maquillaje. Claro, directo, su frase preferida cuando algún artillero hacía algo que no le cuadraba era: “Esteee... ¿Usted a qué aspira?” La primera respuesta que nos venía a la cabeza era “Mire, a marcharme de aquí y no volver más”, pero las Reales Ordenanzas Militares que nos enseñó La Tulipe desaconsejaban tal réplica. Esto incluso el Titulcia lo entendió. 
Urco era bajito y achaparrado, pero no tenía ni un gramo de grasa. Todo era músculo. En cierta ocasión, Palacios, uno de los armeros, le pidió un martillo.
- Mi sargento primero, ¿me podría dejar un martillo? Es que aquí en esta pared hay un clavo que sobresale y... 
Urco clavó su mirada en el clavo, enfocó, calculó mentalmente las coordenadas y lanzó su puño poderoso de Mazinger Z contra el clavo enemigo, que quedó hundido en la pared ante del asombro del armero.  
- Esteee.. ¿necesita alguna otra cosa, armero?
- ...N...n...no, mi sar...­gen...to pri...me...ro. Gra...ci...asss.
Antes de su llegada, todo el mundo presumía de que lo sabían llevar muy bien y que hacían lo que querían con él y que no tenían problemas, sobre todo Culo de Vaso. Cuando llegó, Culo de Vaso y todos los demás fuimos de puto culo. Era el puto amo. Esta expresión aún no se usaba hace treinta años, pero Urco era el puto amo de la batería. Luis XIV decía “El Estado soy yo”. Urco podría decir “La Plana del Segundo soy yo”.
Por aquellas épocas nos hicieron la prueba para elegir al furriel de nuestro reemplazo. A los que habíamos marcado en los formularios del CIR que sabíamos escribir a máquina (más o menos) nos ordenaron mecanografiar un texto controlándonos el tiempo. Resultó ser que yo fui el más rápido y el que hizo menos errores. El brigada Felicísimo (SuperHappy para la tropa), jefe de la furrielería, me comunicó solemnemente que yo sería el furriel de mi reemplazo, pero como aún quedaban tres furrieles en activo, que cuando se licenciara el bisabuelo me incorporaría a la oficina. Y que de momento seguiría con las torturas de La Tulipe. Ante lo cual dije “gracias”, “a sus órdenes” y me puse la gorra. Como se puede apreciar, el protocolo militar no tiene grandes secretos.