martes, 3 de mayo de 2016

Tirar de cadena 3

Mi última guardia como artillero -al día siguiente me nom­braban cabo tomatero- la hice en Polvorines. Polvorines era un bonito descampado situado a unos cuatro quilómetros de Se­govia. Una alambrada rodeaba un amplio terreno donde había varias cons­trucciones sencillas -los polvorines- y el cuerpo de guardia. En Polvorines se hacían cuatro pues­tos: la puerta, el río, el transformador y la garita de la muerte. La guardia se cubría con un suboficial, dieciséis ar­tilleros y dos cabos. De noche llegaba un refuerzo de ocho artilleros y un cabo.
Polvorines no era una guardia complicada. El oficial de guardia siempre era un subo­ficial: un sargento o un sargento primero. Los días solían transcurrir con cierta placidez, hasta que llegaba la noche y el frío. En Segovia son habituales las temperaturas bajo cero en las noches de invierno, y también en algunas de otoño y primavera. Por mucha ropa que te pusieras, el frío se te colaba por todos los resquicios y llegaba hasta la piel, la tras­pasaba y te llegaba al alma. ¡Qué frío! ¡Y por qué motivo más inútil!
Mi último puesto como artillero fue de dos a cuatro de una gélida y helada madrugada de diciembre en la garita del río. Hacía un frío espantoso. Yo iba vestido tal como íbamos todos, con más pisos de ropa que el Corte Inglés: camiseta de felpa, el pijama -en los meses de invierno casi nunca nos quitábamos el pijama, lo llevábamos puesto siempre, incluso en la cama-, la camisa, el jersey, la chupita, el tres cuartos y un inmenso chu­basquero. Las piernas estaban más desprotegidas: el pijama y los pantalones reglamentarios. Y en la cabeza, la gorra y la braga, un pasamontañas que cubría la cara, dejando asomar sólo los ojos.
Y en eso que se puso a nevar. ¡Qué bonito! La garita del río daba a un barranco, en el fondo del cual se supone que pasaba un río, aunque jamás lo vimos. Un par de focos ilumina­ban el polvo­rín que se suponía yo estaba custodiando. Yo lo único que hacía era pasar un frío de cojones. Finalmente llegó el relevo. Cedí el chubasquero al pobre infeliz que se quedó a ocupar mi puesto y seguí al cabo hasta el puesto de guardia.
En el comedor aún quedaba algo del inmenso carajillo que cada noche enviaba la cocina del cuartel a los destacamentos de guardia: una gran olla de café con una botella de coñac de garra­fa disuelto. Era espantoso, pero estaba caliente. Luego, hasta diana, pasábamos al dormitorio a reposar. Había un montón de lite­ras. Nos echábamos en una y nos poníamos una manta en­cima. La tiritera seguía, pues las ventanas no ajustaban bien y muchos cristales estaban rotos, con lo cual entraba un frío considera­ble. Todo el cuerpo de guardia daba asco, de pura dejadez. Había que salir a mear al campo, porque los la­vabos eran inuti­li­zables, estaban destrozados.  Ya sé que no se habían destroza­do solos, pero tampoco hubiese costado mucho dine­ro dejarlos en condi­ciones. De hecho, la guardia de Polvo­rines correspon­día hacer­la a la Academia de Artillería -los polvorines eran su­yos-, pero ésta pagaba al Regimiento para que la hiciera. Pero noso­tros jamás vimos un puto duro.
Volví a Polvorines varias veces más, ya de cabo. La guar­dia era más relajada, por supuesto, incluso de noche. Como éramos tres cabos, a cada uno de nosotros le correspondía un turno de sólo tres horas. Lo jodido era al que le tocaba el turno del medio. En una ocasión, al Tío Tirantes, ya de cabo, le tocó refuerzo en Polvorines. A la hora de sortear los tur­nos, un arti­llero de la Plana del Segundo les dijo a los otros dos cabos, que eran de su reemplazo pero no de su batería:
- Poned en los tres papeles un dos. Y que pringue ese gili­pollas.
Así lo hicieron. Los tres papeles para el sorteo de turno tenían un dos escrito. Sortearon y le preguntaron al Tío Ti­ran­tes: 
- Vaya, me ha tocado el segundo turno. ¡Mala suerte! 
Los otros cabos ni siquiera enseñaron los papeles, se deshicieron de ellos rápidamente.
Esta putada que le gastaron demuestra la mala imagen que tenía el Tiri, ya que en el cuartel sobre todo funcionaba un nacionalismo de batería. Mala cosa cuando los de tu propia batería te daban por culo.
En una guardia de Polvorines me leí enterita la novela  "La tía Tu­la", de don Miguel de Unamuno, sin efectos secundarios aparentes. En la misma guardia, el Titul­cia vio mucho la tele, y además siguió comiendo pipas, pipas, pipas... Aprovechó el día y la noche mucho mejor que yo.
Y por la noche, si eras cabo y te aburrías, pues te ibas a hacer una ronda por las garitas, así hablabas un rato con los centinelas y nos distraíamos mutuamente. A veces salíamos dos cabos a hacer la ronda, sobre todo si éramos de la misma batería o del mismo reemplazo, mientras el otro cabo se quedaba en el puesto de guardia por si el sargento se despertaba y se ponía a llorar. La conversación con los artilleros giraba siempre sobre el mismo tema: el tiempo que nos quedaba de mili. El centi­nela que mejor nos recibía siempre era el que estaba en la garita de la Muerte. Era una garita situada en medio de un peñascal, la más alejada del cuerpo de guardia y de los polvo­rines. Si durante el día uno podía tener dudas sobre la uti­lidad de aquella garita, de noche ya no cabía la menor duda. Había sido puesta allí sólo para putear al personal. Era la más dura de todas, todo el mundo que había estado allí de pues­to una noche de invierno -afortunadamen­te no fue mi caso- ha­blaba de la rasca inmensa que pegaba allí. Aquella puta garita disfrutaba de un microclima ideal para criar pingüinos. Se contaba que Colmenero, uno de mi batería, había sido arrestado porque mandó a tomar por culo al sargento cochinero que le quitó la manta cuando estaba de puesto allí. Desde entonces empecé a mirar a Colmenero con otros ojos: un tío cojonudo.

lunes, 2 de mayo de 2016

Tirar de cadena 2

Como artillero me tocó hacer tres guardias de Prevención. El inicio del día de guardia era siempre el mismo: coger el Cetme en la armería de la batería, atendiendo a los gritos del armero: "¡La guar­dia, jo­der!", a lo que el Fitti, que indefectiblemente entraba de guar­dia, gritaba alborozado "¡La guardia a joder, la guar­dia a jo­der!"
Salíamos de la batería y formábamos en el patio del La­garto, junto con la gente de otras baterías. En formación, y precedidos del corneta que ejecutaba -ésa es la palabra- una bonita marcha militar, íbamos hasta la calle de entrada del cuartel, donde se encontraba la guardia saliente. Formábamos frente a ellos, que estaban la mar de contentos. Los oficiales de guar­dia, entrante y saliente, se saludaban de forma similar a cuando le dan la alternativa a un torero. Finalmente, los sa­lientes se iban y los entrantes tomába­mos posesión del cuerpo de guardia. 
Cada oficial de guardia tenía sus manías. Algunos dirigían un emotivo discurso a los artilleros, haciéndoles notar que durante veinticuatro horas dependía de ellos la seguridad y la vida de todos los miembros del cuartel, lo que hacía que los componentes de la guardia acudieran trémulos de orgullo y henchidos de nerviosismo -o al revés- a la puta guardia. Duque me contó un día que al inicio de una de sus guardias, después de oír el discurso del teniente, un colega de la Cuarta Batería exclamó: "¡Hay que ver, que hombre tan elocuente!”, en un tono que daba a entender que aquel individuo consideraba la palabra elocuente como un insulto.
El cuerpo de guardia lo formaban un vestíbulo, tres cala­bozos y un dormitorio. En el vestíbulo había un banco junto a la puerta, donde se sentaban los artilleros que no estaban de puesto ni dormían en las literas. En los calabozos se consumía el Gallego, un infeliz que al parecer había pegado dos hostias a un teniente. Cuando noso­tros llegamos ya llevaba varios meses encerrado -el Gallego, no el teniente-. Salió un mes antes de nuestra licencia, aun­que el período pasado en el cala­bozo no le contaba a efectos de mili, por lo que aún le quedaban como mínimo diez meses de mili. Eso suponiendo que no volviera a pegarle dos hostias más a algún superior.
El dormitorio era un bonito recinto absolutamente inhós­pito lleno de literas. Cada uno tomaba posesión de una dejando la manta sobre ella.
Cada relevo lo formaban cinco artilleros. Se hacían dos horas de puesto y seis de descanso. La cosa no mataba, esa era la verdad. Lo espantoso era la sensación de pérdida de tiempo que se tenía. Dependiendo de la garita que te tocara, las dos horas de puesto podían ser más o menos llevaderas. La garita más entrete­nida era la de la puerta principal. Daba a la plaza del Alto de los Leones de Castilla, que además era una arteria importante de Segovia, pues enlazaba con la carretera a Madrid y Ávila, así que había mucho tránsito, pasaban auto­buses, gente vestida de normal, etcétera. En el fondo, no era desagra­dable estar dos horas mirando como pasaba la vida civil. Lo único que debíamos vigilar era que no se aproximara el enemigo. Y si te aburrías, siempre podías esperar la entrada o salida triunfales del capitán Franciscano y su 600.  
El puesto del hogar era bastante inútil, pero así estaba establecido. Teóricamente debíamos vigilar una de las paredes del recinto militar que daba a la calle. La pared en sí ya te­nía cinco o seis metros de altura, y sobre ella se levantaba una alambrada de tres metros más. Haría falta ser una especie de Sergei Bubka para saltar aquella pared y penetrar en el cuartel.
El puesto del huerto era también bastante inútil. La garita se situaba sobre una calle lateral, al otro lado de la cual se veía el huerto de un convento de monjas, de ahí el nombre. Una tarde de un sába­do de noviembre, en que me tocó hacer puesto ahí, en dos ho­ras sólo pasó un R-8 de segunda mano. De todas formas, en esa garita el tío Tiran­tes aniquiló un gato enemigo, no lo olvide­mos.
La puerta falsa se encontraba diametralmente opuesta a la puerta principal, en el otro extremo del cuartel. Desde la garita sólo se veía una calle desierta y desangelada. De día era un puesto aburrido, pero de noche era deprimente. Una farola morte­cina proyectaba su luz sobre un impersonal y triste bloque de pisos. Eso era todo lo que había. Un puesto de 4 a 6 de la madrugada se me hizo eter­no. No es de extrañar que determinadas personas que arrastran problemas perso­nales decidan, en según que cir­cunstancias, apoyar el Cetme en la barbilla y apretar el gati­llo.
De todas formas, las guardias eran mucho más amenas cuan­do el jefe de día era el comandante San Juán -compañero de promoción del Rey, no lo olvidemos-. Este señor tenía la cos­tumbre de mero­dear de noche por las cercanías de las garitas para vigilar a los centinelas, ver si estaban dormidos o preguntarles el santo y seña. Si el centinela estaba dormido, folla­da al canto. De rebote tam­bién recibía el oficial de guardia.
Al iniciar la guardia, los oficiales recordaban a la tropa que el jefe de día era el comandante antes mencionado. Contaban los veteranos que una noche llegó haciendo ruidillos bajo la garita de la puerta falsa. El centine­la, que tenía pocas ganas de broma y le quedaba poca mili, no preguntó el san­to y seña, sino que directamente montó el Cetme. Al oír el cerrojo del arma, el comandante se identi­ficó raudo y felicitó al artillero por su vigilancia. Aunque tal vez eso no pasó nunca y no era más que una leyenda urbana, militar por supuesto. 






viernes, 29 de abril de 2016

Tirar de cadena 1

En el argot del Regimiento, tirar de cadena significaba ir de guardia. Cuando a uno le caía una guardia, la cagaba. Y cuando se caga, ¿qué se hace? Tirar de la cadena. Tal vez las nuevas generaciones no acaben de entender la metáfora, ahora se pulsa un botón, pero éste es otro tema.
En el Regimiento se cubrían tres tipos de guardia: la de Prevención, la de Polvorines y la de Baterías.
La de Prevención era la guardia del cuartel. Era la más jodida y la que más gente precisaba. Cada día entraban de guardia 20 artilleros y dos cabos. Había cinco puestos que cubrir: puerta principal, hogar, puerta falsa, huerto y otro del que ya no me acuerdo. Por la noche se añadían tres puestos más, lo que hacía necesaria la entrada de 12 artilleros más de refuerzo.
Como artillero, la guardia no tenía especiales dificulta­des. Se trataba de llegar a la garita y disponerte a pasar un par de horas. No se vigilaba la zona a proteger, sino la mar­cha del reloj. Para los cabos, la guardia era mucho más com­plicada. De­bían estar junto a la puerta, vigilar la barrera, avisar al oficial de guardia si entraba o salía el Coronel, el Jefe de Día, el Capitán de Cuartel o la Reina de las Fiestas. Estos cargos cambiaban cada día, así que había que estar al loro de quién entraba y salía. También debían controlar qué mando de graduacióm más alta estaba en el cuartel. Si estaba el Coronel, por ejemplo, y llegaba otro mando inferior, no pasaba nada. Pero si el máximo jefazo que había dentro era un comandante y llegaba un teniente coronel, que mandaba más, había que avisar al oficial de guardia, que salía presto a darle novedades al recién llegado, mientras formaba la guardia, o lo que quedaba de ella. Todo muy bonito e inútil.
Mención aparte merecía intuir y  controlar los movimientos del capitán Franciscano. Era un individuo absolutamente loco, que tenía un seiscientos. Cuando llegaba al cuartel con su vehículo, consideraba una debilidad el hecho de frenar, reducir de marcha, poner el intermitente, girar a la derecha, encarar la entrada del cuartel y esperar a que el centinela levantara la barrera. La única concesión que hacía era tocar la bocina cuando consideraba que estaba a punto de entrar en el campo visual del centinela de la barrera. Así que simplemente bajaba follado la calle del cuartel, giraba y entraba. Si el centinela de la barrera era un veterano, a la que oía el cláxon, la levantaba rápidamente. Puro Paulov. Una fracción de segundo después penetraba en el cuartel un bólido color crema con un servidor de la patria embutido entre el volante y el asiento. Giraba velozmente a la izquierda y penetraba en el patio del Lagarto. A todo esto, toda esta maniobra la ejecutaba sólo con la mano izquierda sobre el volante, la derecha la tenía pegada a la sien haciendo el saludo militar. A la hora de comer se repetía la cosa, pero al revés. El cometa Franciscano salía como una bala del patio del Lagarto mientras la bocina atronaba el aire. Si en la barrera había un puto guri, aún no acostumbrado a las amenidades y delicias de la vida militar, los artilleros que estaban sentados en el banco de entrada al cuerpo de guardia se levantaban y empezaban a gritar enloquecidos: 
- ¡Levanta la barrera! ¡Levántala, coño!
El pobre guri la levantaba a tiempo de que el Franciscano pasara follado, saludando militarmente, por supuesto, y se incorporara al tráfico rodado sin mirar, también por supuesto. 



viernes, 22 de abril de 2016

Epílogo triste del Tío Tirantes

Es lo que tiene Internet, un día que no sabes qué hacer empiezas a teclear en Google nombres de gente a la que hace años, muchos años, que no ves o que no sabes de ellos o ellas. Y eso me pasó a mí con el Tío Tirantes. No pude resistir la tentación, tecleé su nombre y apareció su perfil de Facebook.
Era él, sin duda. Allí estaba su foto, con su careto de tortuga, treinta años más viejo y con el pelo blanco. A pesar de sus estudios, la puta crisis lo había atrapado de lleno. Se definía como empresario autónomo (no daba detalles de su actividad económica, tal vez instalara interfonos), con muchos años de trabajo y estudio (ya ves) y con ganas de trabajar y ser útil. La realidad era otra: tenía pendiente una hipoteca de 300.000 euros -el puto chalet en la urbanización pija-, y en venta un Mercedes 4x4 espectacular. Debía disponer de mucho tiempo libre, ya que su muro estaba repleto de peticiones de firmas para reivindicar las causas más nobles y también las más inútiles: parar los desahucios, evitar el cierre del Monasterio de El Escorial, regular los alimentos con grasas “trans”, pedir aceras anchas para que pudiesen transitar los discapacitados en sus sillas de ruedas, instar al gobierno a subvencionar la vacuna contra el meningococo B, exigir la dimisión del gobierno (después de subvencionar la vacuna, supongo)...
En fin, puta vida.

sábado, 9 de abril de 2016

El Tío Tirantes 8

Una de las imágenes más impresionantes que uno guarda del servicio militar es la del Tío Tirantes practicando Tae­cuondo. Muchos días, a la hora de paseo, se ponía un kimono, cogía los luchakos, o los munchakos, o como coño se llamen los dos palos unidos por una cadena, se plantaba en medio de la sala de la televisión y empezaba dale que dale, a mover los palos y la cadena, dando gritos atroces. Su cara sufría una transforma­ción espectacular. Su semblante de tortuga iba adqui­riendo pro­gresivamente una bonita tonalidad rojiza. Empezaba a sudar copiosamente y cada vez se parecía más al espectro de Bruce Lee. Por fin, cuando el color de su cara se aproximaba peligrosamente al mo­rado inten­so, una especie de reloj interior le avisaba de que convenía terminar la sesión. Entonces el Tío Tirantes se rela­ja­ba, volvía al Planeta Tierra y recuperaba su aguerrido porte militar, barriga incluida. Al principio congregaba a su alre­dedor un nutri­do gru­po de espectadores, esperanzados en que se le escapara al­gún lunchako y se partiera la cara él solito. Hubiera sido entre­tenido para variar, pues siempre se la par­tía Conesa. Pero no, el Tiri dominaba la técnica. Así que pronto dejó de interesar al personal y al poco tiempo nadie le hacía caso. Conociendo sus ante­ce­dentes fami­liares e ideológicos, no se podía descartar la sos­pe­cha de que aquel capullo, en la vida civil, fuera al­gún guerrillero fascis­ta de los que corrían por aquellos años por las universidades. Vete a saber.

Ahora, muchos años después de la licencia, me lo imagino felizmente casado con su novia de toda la vida –una rubia espectacular, ésa es la verdad. Pudimos verla en Navidad, cuando la trajo a la batería a ver el bonito cañón-pesebre de La Tulipe. ¡Qué sádico!-, que le hace el salto con un piloto del SEPLA. Vive en un bonito adosado en una urbanización pija del norte de Madrid, trabaja de ingeniero en Telefónica, tiene un hijo tan gilipollas como él y es feliz dueño de un Rotweiler. Y vota al PP, por supuesto.

viernes, 8 de abril de 2016

El Tío Tirantes 7

Y qué mejor forma de aprovechar estas innatas cualidades artísticas que exhibirlas en el acto de homenaje del día de las Fuerzas Armadas.

A finales de mayo llegó a la furrielería de la Plana del Segundo un oficio desde Secciones ordenando la designación de un cabo gastador para encabezar el desfile que se celebraría en la ciudad el día de las Fuerzas Armadas. El Segundo Grupo había sido elegido para tan alto honor, con la característica previsión militar: el acto se haría el domingo por la mañana y el oficio llegó el viernes a mediodía. Dado que en aquellas fechas yo ya era el furriel bisabuelo de la Plana Mayor del Segundo Grupo, convoqué a los furrieles de la Cuarta y Quinta Baterías a una cumbre en la sala de la televisión, para ver a qué batería le caía la china. Y tocó a la Plana, por supuesto. O sea, a mí. Una vez los furrieles de la Cuarta y la Quinta se marcharon aliviados y riendo por lo bajo, consulté el cuadro de efectivos. Era viernes a las dos de la tarde, la gente de rebaje ya se había marchado y quedábamos los cuatro gatos que gozaríamos del fin de semana en el cuartel. Los mandos también habían desaparecido, por supuesto, hasta el lunes por la mañana.

Consulté el cuadrante de servicios, cumplimentado por Urco antes de marcharse. En todas las baterías los servicios de la tropa los ponía el furriel más antiguo, menos en la nuestra. En la Plana del Segundo los servicios los ponía Urco, el sargento primero Urco, con dos cojones, porque no se fiaba de los furrieles y porque le daba la puta gana. Para los furrieles tal actitud tenía aspectos positivos, nos evitaba discusiones con los cabos y artilleros. Si alguien se quejaba de un servicio, la respuesta era simple: “Quéjate al sargento primero, que es quien te lo ha puesto.” En contrapartida, los furrieles podíamos acabar haciendo cualquier servicio, como las guardias de Prevención, las más jodidas. Jamás un furriel del resto de baterías hizo una guardia de Prevención, excepto nosotros.

Un rápido vistazo al cuadrante me confirmó mis temores: los únicos cabos disponibles en la batería para el domingo éramos el Tío Tirantes y yo. El Tiri de cabo cuartel y yo de furriel. En el oficio se especificaba que el cabo gastador debía tener una cierta presencia física y una cierta altura. Yo era más alto que el Tiri. Yo era algo más delgado que el Tiri. Pero yo no iba a hacer de cabo gastador ni loco. En su día, yo juré fidelidad a la patria y dar por ella hasta la última gota de mi sangre si fuere menester, eso vale, de acuerdo, con matices, ja en parlarem, pero yo no juré hacer de majorette.

Así que puse en práctica todo lo que había aprendido de los militares en aquellos fecundos meses. Cogí la goma de borrar e hice dos pequeños cambios que Urco jamás advertiría y el Tiri tampoco. El cabo cuartel que yo tenía el sábado lo pasé al domingo. Y el cabo cuartel del Tiri del domingo lo pasé al sábado. De esta forma, aquel hombre quedaba libre el domingo para ir a desfilar y homenajear a las Fuerzas Armadas que tanto admiraba su madre, la poetisa castrense.

Una vez hecho esto, quedaba comunicarle la noticia al agraciado. No lo vio muy claro, incluso me propuso hacer un cambio en los servicios y que fuera yo el gastador (es decir, volver a la situación original prevista por Urco), a cambio de su gratitud eterna, pero no le sirvió de nada al pobre hombre. Yo el domingo tenía cabo cuartel. Y además, mi argumento de que la furrielería jamás podía quedar desatendida, ni en fin de semana, pareció convencerlo.

Llegó el domingo. Puntualmente, a las once de la mañana, vestido con sus mejores galas de romano y cubierta la cabeza con su boina verde OTAN, el Tío Tirantes bajó al patio del lagarto y se presentó ante Pink Floid. Pink Floid era el jefe de la banda de música del Regimiento. En realidad se llamaba Dionisio y era brigada. Ya hablaremos de él en su momento. Cuando el hombre vio al Tiri parece ser que dijo algo así como que si no había un cabo más alto y más delgado para hacer de gastador, coño! En previsión de que el Tiri se fuera de la lengua y dijera que en la Plana del Segundo había un cabo alto y apuesto haciendo de cabo cuartel y que el brigada se mosqueara y subiera a comprobarlo, me encerré en la furrielería con un montón de carpetas y papeles sobre la mesa y varios folios en la máquina de escribir, para que aquel genio de la música no dudara de mi leal sacrificio por la patria tramitando expedientes hasta en domingo.

Pero no pasó nada de todo eso. Al cabo de un rato oí los espantosos y estridentes acordes de la banda de música que se iban alejando con un cierto ritmo marcial. Con cautela, abrí la puerta, salí de la oficina y me fui hacia los lavabos, alejado de las ventanas para que nadie detectara desde el puto patio del Lagarto la presencia de un cabo alto y apuesto escaqueado en la batería. Desde la ventana de los lavabos, que daba a la puerta principal del cuartel, pude ver que la banda ya enfilaba la avenida en dirección al Parque de Automovilismo, lugar donde se hacía el acto del dia de las Fuerzas Armadas. Encabezándola, allí iba el Tío Tirantes, moviendo arrítmicamente una vara de majorette y marcando el paso digamos que marcialmente. La imagen era bastante lamentable, y el sonido también. Mucho porte distinguido no tenía, pero lo importante era que él estaba allí y no yo.

Afortunadamente regresó contento. Había marchado encabezando la comitiva, le habían aplaudido, el jefazo del Parque de Automovilismo había hecho un discurso muy bonito parecido a los poemas de su madre y había ligado con un grupo de nenas de octavo de básica. ¿Qué más se puede pedir?




miércoles, 2 de marzo de 2016

El Tío Tirantes 6

Y ascendió a cabo.
Y claro, cuando debía formar a la batería era todo un festi­val. Si de artillero era imposible tomarse en serio a aquel hombre, su marcialidad a la hora de dar órdenes era to­talmente patética. No sólo eso. Él creía que lo hacía bien y aspiraba a culminar brillantemente su carrera castrense siendo cabo primero, que para eso tenía estudios. Por una vez los militares actuaron sensatamente y el Tío Ti­rantes se quedó en cabo tomatero el resto de la mili. Cierto es que no lo degrada­ron, pero no se les podía pedir tanto.
Una tarde de primavera, la formación de después de comer fue especialmente movida y el cabo cuartel -adivine el lector quien era- tuvo especiales dificultades para formarla. Por la noche, ante la formación de retreta, surgió la sorpresa: cua­tro imagina­rias arrestadas, cuatro, impuestas por el cabo cuartel a raíz de la formación de la tarde. Para más diversión, los cuatro agraciados eran del mismo reemplazo del Tiri. Mientras leía las imaginarias arrestadas, un rictus de satisfacción recorría la cara del Tiri. Ante el conato de rebe­lión -no sólo protestaron los afec­tados, sino también el resto de la bate­ría. Cuando un mando arresta una imaginaria, se le notifica al afectado antes de la lectura de los servicios. El Tío Tirantes olvidó este pequeño detalle-, el suboficial de semana, el sar­gento Eustaquio, no tuvo más remedio que defender al cabo cuar­tel.
      - El cabo cuartel tiene razón.
Seguían las quejas de la batería.
     - Os digo que el cabo cuartel tiene razón. Y no sigáis por este camino porque me obligaréis a bajar a unos cuantos a pre­vención. Y no quiero hacerlo. Hacéis la imaginaria y se acabó.
El sargento Eustaquio sabía perfectamente que el cabo cuar­tel no tenía razón. No sólo eso, el sargento Eustaquio sabía que el cabo cuartel era gilipollas. Pero se debía mantener la dis­ciplina militar. Y se disolvió la formación.
En cuanto el sargento abandonó la batería para dar nove­dades al oficial de semana, los afectados se lanzaron sobre el Tiri. Si no lo lincharon entonces, no lo lincharían durante el resto de mili. Uno de los afectados era Duque.
       - Alejandro, no te enfades...
    - ¡Qué coño Alejandro! ¡Llámame Duque, que tú y yo no somos amigos, joder!
El Tío Tirantes se echó a llorar, en una postura muy poco marcial. Su aplomo y satisfacción represora habían desapareci­do. No sólo eso, tuvo una idea genial.
      - Me quito los galones y hago yo las cuatro imaginarias.
Idea que por supuesto el sargento Eustaquio no aprobó. Y le vino a decir al Tiri, con buenas palabras pero con contundencia,  que antes de tomar la decisión de arres­tar a alguien, sopesara las consecuencias. Y sopesara también si real­mente el implicado merecía o no el arresto.
Pero no siempre había estas movidas. A veces el ambiente se relajaba y el Tío Tirantes nos deleitaba con una de sus aficiones, la de hombre orquesta. Era capaz de entonar cual­quier canción, haciendo además con la boca acompañamiento de persusión, vientos y cuerdas. Una noche de verano, cercana ya nuestra licencia, el Tiri se plantó ante la cama de Velasco entonando "La del manojo de rosas". Velasco no era precisamen­te mister simpatía, y la proximidad de la licencia lo hacía aún más irascible e intolerante. A pesar de eso, soportó los dos primeros actos de la bonita zarzuela, pero al iniciarse el tercero ya no pudo aguantar más.
      - Tiri, infeliz, ¿quieres irte de aquí?
A lo que el Tiri respondió abandonando la vera de Velasco e iniciando un recorrido por la batería, mientras movía rítmi­camente los brazos como si de una jefa de majorettes se trata­ra.