jueves, 7 de enero de 2016

Aspariegos 6

Se rumoreaba que una de esas noches se tocaría generala. No se trataba de meterle mano a la mujer del general, sino que era algo más placentero. Tocar generala consiste en una extra­ña li­turgia mi­litar en la que el cor­neta toca un son determi­nado -generala- y la tropa ha de salir fo­llada a la puta ca­rrera a formar. Tal vez exista otra defi­ni­ción más técnica, pero a noso­tros nos lo explicaron así. Pues bien, una noche, después de cenar, nos hicieron pasar a todos los de la Plana del Segundo por el camión-armería de la batería y nos en­tregaron un Cetme a cada uno. Luego nos dijeron que nos fuéra­mos a la tienda, pero que nadie se acos­tara, que se iba a to­car generala. Nos meti­mos en las tiendas y a los dos minutos el corneta tocó -imagi­no que aquello debía ser el toque de generala-. Todos salimos folla­dos, a la puta carrera y forma­mos. El capi­tán nos felici­tó por lo rápidos que habíamos sido en formar. Dejamos los fusiles en el camión-ar­mería y, ahora sí, nos fuimos a dormir. Yo no aca­baba de to­marme aquello en serio. ¿Qué mérito tenía formar rá­pidamente cuando todo el mun­do sabía que se iba a tocar gene­rala? Daba la impresión que los mandos se engañaban a sí mis­mos sin con­seguir engañar a la tropa. Y bueno, me im­portaba muy poco que formáramos rápida­mente o no, desde luego. Pero me molestaba que los mandos cre­yeran que éramos idiotas.

Por las tardes se hacían prácticas de FDC. FDC significa Fire Direction Center, es decir, Centro Director de Fuego. Como éramos la Plana Mayor del Segundo Grupo, debíamos dar las coorde­nadas de tiro a las piezas ATP -autopropulsadas, según lo dicho en textos anteriores- de la 4ª y 5ª baterías, para que machacaran convenientemente al ene­migo cuando hiciéramos lo de la tenaza.
En el fondo era como jugar a los barcos. Había dos mesas, ambas recibían los mismos datos de los topógrafos, se hacían los cálculos -no recuerdo cómo, pero tampoco tenía ningún se­creto- y si ambas mesas coincidían, se transmitían por radio las coordena­das de disparo a las piezas. Si había discrepan­cias, se volvía a em­pezar de nuevo. Y si la cosa no salía, el teniente más antiguo (no el más inteligente, ojo al dato) debía decidir qué coordenadas se transmi­tían. Por supuesto que todo se simulaba y las piezas ATP esta­ban aparcaditas en un rin­cón del campamento y no hicieron disparo alguno.
A De la Cruz lo pusieron en una mesa y a mí en la otra. El Cabo Blanco, junto a mí, empezó a aconsejarme sensatamente.
- Tú lo que has de hacer es irte a la oficina.
Yo había sido seleccionado para ser el furriel de mi re­em­plazo.
- Has de irte a la oficina. Pasa de FDC.
- Ya lo sé, pero el teniente me ha ordenado que me ponga aquí. No querrás que contradiga al teniente.
- Bueno, pero en cuanto volvamos al cuartel, escaquéate del FDC. Si no, nunca entrarás en la oficina.
Cuánta razón tenía aquel hombre. De los fuerrieles de la batería, el más antiguo -el bisabuelo- se había quedado en el cuartel. Beasaín y Miguel -abuelo y padre- estaban en las ma­nio­bras, pero se ocupaban de la furrielería. Eso sig­nifi­caba estar la mayor parte del día en el camión-armería, lejos de las charlas de táctica militar pero cerca de SúperHappy. Y reba­jados de ser­vicios. Que­daba yo -el puto guri-, destinado provi­sio­nalmente a FDC.
Las sesiones de FDC eran tediosas -como casi todo allí-. Repetitivas, aburridas, absurdas, falsas... Afortunadamente, en caso de con­flicto real representaba un aliciente añadido estar destinado en el FDC, pues seríamos los primeros en ser bombadeados y aniquila­dos por el enemigo. Todo un honor.
Por fin terminó la sesión. Todo el mundo se fue al bar. De la  Cruz y yo -guris- éramos los últimos de la cola, claro. Pretel, también guri, estaba de los primeros... Llegó el Cabo Peñas, que nos ordenó plegar las me­sas del FDC y guardarlas. Le dijimos que bueno, pero que pri­mero íba­mos a tomar algo en el bar. Acertó a pasar por allí Gilito, que vio las mesas desplegadas y le pidió explicacio­nes al Cabo Peñas. Peñas hizo lo que hace todo militar, quitar­se el muerto de encima, que nos cayó a nosotros, claro. Gilito nos llamó, y desde su metro sesenta mal medido, absolutamente indignado y ofendido, nos clavó una bronca moní­sima, diciendo que cuando un cabo ordena algo se hace al ins­tante, sin excusa ni pretex­to y que si no nos fo­llaba vivos. ¡Qué afición por la urología tienen esas gentes! Mien­tras nos re­pren­día se le traba­ba la len­gua y las dos estrellas de tenien­te vacilaban en su go­rra verde OTAN. Aquel fue el inicio de un largo menage à trois entre Gilito, De la Cruz y yo que duró hasta que nos licenciamos. Siem­pre que De la Cruz y/o yo estábamos en fuera de juego, cerca de allí estaba Gilito, que nos descu­bría.
Total, que recogimos las mesas. Peñas -un tío legal, en el fondo- nos ayudó.
- Me sabe mal que os haya echado la bronca, pero es que si no me la echaba a mí. Controlad en estas cosas. 
En fin, no hará falta decir que cuando por fin fuimos al bar, una vez guardadas las mesas, todas las existencias de todo se habían terminado. Mientras, el hígado de Pretel hacía esfuerzos desesperados por procesar todo el alcohol que había trasegado aquel capullo mientras Gilito nos pegaba la  bronca. 

miércoles, 6 de enero de 2016

Aspariegos 5

La segunda noche De la Cruz se fue de guardia, así que Fer­mín y yo estuvimos amplios en la tienda. Por la mañana nos enteramos de que de madrugada había habido movida. En plena calma nocturna ha­bía resonado un grito por todo el campamento:
- "¡¡ AY, DIO MÍO!!"
Oír un grito así en medio de la negra noche debe impre­sio­nar. Yo no lo oí, estaba durmien­do. Pero De la Cruz estaba en el cuer­po de guardia, y vaya si lo oyó. Y el cabo, más acojo­nado aún que él, le ordenó que fuera a investi­gar. Y De la Cruz, poco he­cho aún a la vida mili­tar, le preguntó que por qué no iba él. Y el cabo le dijo que él no iba porque era cabo y que no le tocara más los cojones si no se lo folla­ba vivo. Ante tan con­vincentes argu­mentos, De la Cruz hizo una ronda por todos los puestos de guardia, y en todos obtuvo la misma informa­ción: todos los centinelas habían oído el gri­to, ninguno de ellos había gritado y todos le pre­gunta­ron cuánto faltaba para el relevo. Con estas novedades, nues­tro héroe regresó a dar novedades al cuer­po de guardia, en donde por cier­to no se ha­bía pre­sentado nin­gún oficial. No era extraño, ya que ofi­cia­les y suboficiales desaparecían del campa­mento des­pués de pa­sar re­treta y regre­saban entrada la madruga­da. Iban a inspec­cionar el género que ofertaban las tabernas de los pueblos de los alrededo­res, hecho que pone de manifies­to la dureza de la vida del mili­tar profe­sio­nal, separado de su fa­milia por nece­sidades del servi­cio.
De la Cruz dio novedades al cabo, el cual de­cidió no inves­tigar personalmente el asunto, con­fian­do en que nadie más vol­vie­ra a gri­tar. Por la mañana, De la Cruz me confesó sus sos­pe­chas:
- Seguro que fue  Velasco.

Cada día que pasaba estaba más hecho polvo. Y cada día reti­raba la palabra a alguien. Terminó las maniobras sin ha­blarse con nadie. A todos los que estábamos allí la mili nos sentaba como una patada en los cojones. A Velasco la mili le sentó como dos patadas en cada cojón. No había tenido suerte en la elección de compañeros de tienda, ya lo dijimos antes. El alcohólico Pretel era un pelma de mucho cuidado que se pa­saba el día gorreando y bebiendo. Al llegar la noche, su grado de intoxicación etílica era con­siderable. Y luego esta­ba Martínez el facha, un admi­ra­dor de Blas Piñar, bajito y domi­nan­te. Su opinión debía ser ley para los demás, y para él Es­paña era Madríz.
Con semejante compañía, no me extraña que Velasco se de­pri­miera.

Al tercer día de maniobras -seguíamos en Aspariegos, sin dividirnos aún en forma de tenaza para caer sobre los tontos de los rojos- se presentó por allí el general de la brigada, que se cabreó como una mona al ver las tiendas de los Jefes y Oficiales. Tiendas de camping grandes, amplias, con camas au­ténticas. Todos los jefazos se habían llevado sus camitas, sus mantitas y sus col­chitas. El general ordenó que las desmonta­ran, se guardaran en camiones y fuesen sustituidas por catres de campaña reglamenta­rios.
Durante toda la mañana el trasiego de somieres, colcho­nes y colchas desde las tiendas a los camiones fue la princi­pal activi­dad castrense en el campamento. Fue una suerte que el enemigo no nos observara, pues se habría formado una imagen bastante rara de nosotros. Por la noche se produjo el trasiego contrario, pues el general ya se había ido, así que los catres fueron recogi­dos y se mon­taron de nuevo las camas en las tien­das de oficia­les y jefes. El comen­tario de la tropa era uná­ni­me.
- Qué morro, tío.
- Es que se lo pisan.
- Sí, pero ¿tú qué harías?
- ¡Coño, lo mismo que han hecho ellos!
Aquella noche llovió bastante e hizo mucho viento. La tienda del cuerpo de guardia y la de los cabos primeros, unas tiendas cónicas, moras, sin suelo, volaron. La tienda de Ve­lasco, el alcohólico Pretel y Martínez el facha se cayó. Sa­lieron los tres a intentar ende­rezarla. Entre todos los rui­dos de aquella agitada noche so­bresalían los juramentos de Velas­co, echán­dole la bronca a Pretel, que con el pedal que llevaba no se enteraba de nada. Martínez, tal vez rememorando el ase­dio rojo a Santa María de la Cabeza, dirigía la operación con es­caso éxito, todo hay que decir­lo.
Por la mañana me encontraba junto a nuestra tienda, que había resistido heroicamente los embates del vendaval. Se me acercó un comandante canijo y esmirriado, que me preguntó cómo ha­bía­mos pasado la noche. Saludéle militarmente y con­tes­téle que bien.
- ¿Es cómoda la tienda?
- Sí, mi comandante.
- Debe ser agradable estar ahí dentro oyendo caer la llu­via, ¿verdad?
Fue una suerte para el comandante que quien estuviera junto a la tienda fue­se yo y no Velasco.
- Sí, mi comandante -le contenté, mientras pensaba que más cómodo has estado tú en tu camita, so mamón. El comandante en cuestión resultó ser el comandante San Juan, también compa­ñero de promoción del Rey. Qué bien.


martes, 5 de enero de 2016

Aspariegos 4

Tomamos posesión de las tiendas. Me tocó compartirla con De la Cruz y Fermín. La de al lado estuvo la mar de animada, pues se jun­taron Velasco -el del chocolate-, el alcohólico Pretel y Martínez el facha. Formamos y fuimos a cenar. Los de la Bate­ría de Ser­vícios habían montado una cocina de campaña monísi­ma, con sus focos y todo, y un generador que se oía a diez kilómetros a la redonda. Fue una suerte que el enemigo no tu­viera o tuviese pre­visto atacar esa no­che, pues hubiera o hu­biese sido fácil loca­lizarnos.

Por la mañana, como no estaba Montoya para cantar diana, el Fitty se paseó en­tre las tiendas cantando a todo pul­món "Vete ya de mi vida / déjame ya / tus ojos de perdida / no me dejan en paz..." Na­die había de­sertado durante la no­che, así que nos die­ron per­miso para mear y lavarnos. Cuando volvía de mingitar cru­céme con el Tecol en pijama. Sin su uni­forme, su Land Rover y su ordenan­za, aquel hombre era otro. Formaditos fuimos a desayunar. Nos dieron un puña­do de ga­lletas y un ta­zón de algo que el sargen­to de coci­na denomina­ba, con gran sentido del humor, café con leche.

El amable lector ya habrá adivinado quién dirigió la ope­ración de descargar los camiones. Efectivamente, fue él, des­poja­do ya del casco, hecho que le daba un aspecto más humano. No mucho más, por eso.
Con la última galleta aún en el gazna­te, Urco empezó a organi­zar la vida castrense de la Plana del Segundo. Lo pri­mero fue montar el bar. Tras la parte trasera de uno de los camiones de nuestra batería instalamos un toldo y bajo él co­locamos mesas y sillas. Una vez hecho esto, el bar se de­claró operati­vo y todo el mundo se lanzó a pedir bocadi­llos. Los guris fuimos los últi­mos en poder pedirlos.
Cada batería tenía su bar. Ocho bares en el campamento, más las salas de oficiales y suboficiales. Si el enemigo nos invadía, tendría alcohol de sobra para celebrar su victoria sobre noso­tros. Ahora nos explicábamos el exiguo desayuno. No era para fortalecer nues­tro espíritu militar, sino para que nos dejáramos la pasta en el bar.
Y llegó la hora de comer. Cada día durante las manio­bras, después de hacer cola ante la cocina de campaña con la bande­jita de acero inoxidable, regre­sábamos a nuestro bar para co­mer senta­dos en una mesa -supo­niendo que algún bisabuelo ya hubiera termi­nado y tuviera a bien levantarse- o tirados por el suelo. En Aspariegos -pueblo en cuyo término municipal es­tábamos acampados- tuvimos el pri­vilegio de comer sopa de tie­rra más de un día. El viento levantaba remo­linos de tierra que caían sobre nues­tras bandejas. La sopa prisa estaba tan aguada que casi se agradecía que la madre naturale­za nos pro­porciona­ra algo de sustancia.
Por la tarde llegó uno de los momentos culminantes de las manio­bras: tres de los aguerridos tenientes de la batería, La Tulipe, Gilito y el Tedientes, nos expli­caron la táctica que íbamos a seguir para conquistar unas cuantas coli­nas. Por lo visto, nosotros éramos el ejército azul, los buenos. Los del ejército rojo -estábamos en 1981 y el PSOE aún no ha­bía ganado nada- eran los malos y querían con­quistar­nos, o éramos noso­tros los que los habíamos conquis­tado y aho­ra ellos querían echar­nos. No sé, algo así. Los del ejér­cito rojo eran un poco ton­tos, y nosotros éramos muy lis­tos, así que nos dividiríamos en dos y los atacaríamos -a los ro­jos- por dos sitios distin­tos, aprovechan­do que estaban aboba­dos, en una maniobra de tenaza. Pri­mero atacaría una parte de noso­tros, y cuando el ene­migo in­tentara reaccionar, la otra parte de noso­tros caería sobre ellos y los machacaría.
La Tulipe nos explicó la táctica -sencilla pero efectiva- ayudándose de un mapa sobre el cual iba pintarrajeando flechas de colorines. Para hacerse entender aún más, ordenó a tres volunta­rios que fueran junto a él.
- Imagínate que tú -le dijo al primero- pegas a éste -señalando al segundo- y lo tiras. Cáete -ordenó al segundo, que obedeció disciplinadamente-. Y ahora, cuando él intenta reaccio­nar... Levántate -ordenó de nuevo al segundo, que hizo ademán de incorporarse-. Cuando tú te levantas, llega éste otro -el tercero- que es amigo del que te ha pegado y te vuel­ve a pegar. Y no puedes levantarte -el segundo ni lo intentó-. ¿Todo el mundo lo ve? ¿Todo el mundo lo ha visto?

Esta didáctica explicación duró más de cinco minutos y fue repetida varias veces. Y a pesar de todo, al Titulcia no le quedó muy claro lo de la táctica. Él creía que nos darían a cada uno una tenaza e iríamos por ahí macha­cando rojos con la susodicha herramienta.

Una vez terminada la lección de Táctica y Estrategia, Gilito decidió relajar la sesión y nos ofreció unos minutos musicales. Intentó que aprendiéramos el Himno de Artillería. La letra era un cúmulo de despropósitos, en donde se mezclaba lo de marchar siem­pre unidos, la sacrosanta unidad de la pa­tria engrandecida y el niño que se estremece en la cuna al oír el estampido del cañón. Tú dirás. La música era senci­llamente aberrante. Qué gran verdad aquella que dice: la jus­ticia mili­tar es a la Justicia lo que la música militar a la Música.

Tras media hora de dale que dale sin conseguir nada -la mitad de la batería sólo movía los labios-, Gilito decidió ense­ñarnos el "Yo tenía un camarada", que a mí me sonaba a canción muy facha, pero mucho. Y para terminar el recital, el broche de oro: "En el frente de Gandesa". Debía ser por lo de las dos Espa­ñas.

A todo esto, se hizo la hora de merendar y todo el mundo se dirigió al bar. Los guris éramos los últimos en pedir, y cla­ro, muchas veces ya no quedaba nada de lo que pedíamos.






lunes, 4 de enero de 2016

Aspariegos 3

Finalmente llegamos a Monte la Reina, un apartade­ro en medio del campo. Ni siquiera había edificios, sólo un muelle de carga. Descarga­mos los vehículos y formamos una columna con todos ellos. El RACA 41 en pie de guerra, no te digo nada. El Se­gundo Grupo -el mío, el mejor- abría la marcha. Primero iba el Land Rover del te­niente coronel, y de­trás el del comandante. Luego venían los jeeps de la Plana Mayor y de las baterías, los camiones y, cerrando la marcha, las piezas ATP -autopropulsadas- de la 4ª y 5ª Baterías. De­trás seguía el Primer Grupo -Plana Mayor y 1ª y 2ª Baterías-. Los de la Plana Mayor de Mando y la Batería de Servicios ha­bían salido días antes para montar el campamento.
A mí me colocaron en el coche del comandante, no sé por qué. Igual fue por ser alto, por llevar gafas o porque estaba allí en el momento adecuado. Conducía Maíllo, el ordenanza del comandan­te. Maíllo era de Getafe y le encantaba Se­rrat, pero sólo cuando cantaba en castellano. Nadie es perfecto. A su lado iba el co­mandante Ibáñez, dotado de un cabezón impresio­nante. La gorra que­daba ridí­cula en aquella cabeza. El conjuto cabeza de co­man­dante-gorra parecía un envase de Moussel de Le­grain (Pa­rís). Se de­cía que el comandante había sido compañero de aca­demia militar del Rey. Qué bien, pensábamos la clase de tropa.
Los asientos traseros los ocupábamos cuatro guris de la Plana Mayor. Uno de nosotros -no era yo, por suerte- portaba una radio de transmisiones, un armatoste del tamaño de una mochila de cole­gial de Secundaria, con ante­na telescópica, pilas in­men­sas que tardaban horas en recargarse, telefonillo cutre de Gila y so­nido es­pantoso. Nunca oí funcionar correcta­mente una de es­tas radios, cosa que tampoco me importaba, des­de luego.
La columna motorizada avanzaba lentamente por la campiña zamorana. El paisaje era agradable, tierras ocres por todas par­tes, sal­picadas de árboles no muy verdes. A pesar de que el día empezó lluvioso en Segovia, a medida que via­jamos hacia el oeste el sol fue ganado terreno en el cie­lo. Chu­pi­tas, camisas y panta­lones se habían secado y ahora el sol des­cendía lenta­mente en el cielo, rega­lándonos un largo y sereno atarde­cer de principios de otoño.
Llegamos a un cruce de caminos y la columna se detuvo. ¿Era a la izquier­da? ¿Tal vez a la dere­cha? ¿Dónde esperaba la gloria a los valien­tes guerreros? ¿Po­díamos bajar a mear? Ante tales disyuntivas, el teniente coro­nel -el Tecol a partir de ahora- tomó la decisión que la tropa esperaba de un hombre de su expe­riencia y brillante hoja de servicios. Ordenó a su chó­fer que bajara del coche y preguntara a un par de vie­jas que había al lado del cami­no.
Afortunadamente las viejas no eran agentes a sueldo del enemigo porque al cabo de un rato llegamos al campamento, un campamento moní­si­mo. A un lado había una larga hilera de tien­das canadienses de tres plazas. Enfrente, a unos cincuen­ta metros, otra larga hilera de tiendas canadienses de tres pla­zas. Una hilera de tiendas de camping más grandes componía el tercer lado del campamento. Un pequeño talud cerraba el cua­dra­do, en el cen­tro del cual ya se había hincado un mástil con una bandera espa­ñola.

domingo, 3 de enero de 2016

Aspariegos 2

El jefe de la expedición o alguien que creía serlo dio la or­den de marcha y par­timos hacia la estación del tren. Reco­rri­mos los ochocientos metros que sepa­raban el Regi­miento de las insta­laciones ferroviarias entre los vítores enfervori­za­dos de la muchedumbre que pasaba total­mente de no­sotros. En los mue­lles de la esta­ción cargamos los vehículos -jeeps, ca­miones, TOAS y pie­zas ATP- en vagones pla­taforma. Mientras los asegurába­mos con calzos y cuerdas cayó un fenome­nal cha­pa­rrón que puso a prueba nuestro espíritu mi­litar. El poco que a mí me quedaba después de las torturas de La Tulipe se esfumó en aquel momento. Era maravi­lloso estar agachado clavando los clavos que fijaban los calzos mien­tras el agua golpeaba furio­samente nuestra es­palda y se despa­rrama­ba por todo el unifor­me. Cuan­do los vehículos estuvie­ron fir­me­mente asentados en las plata­formas, nos permitieron pro­te­ger­nos en un coberti­zo. Estábamos total­mente calados y no ha­bía posibi­lidad de cam­biarse. Empe­zába­mos bien.
Al cabo de un rato, cuando escampó, se nos ordenó ocu­par nuestros vagones. Caminamos un buen trecho hasta la cabe­za del tren, donde estaban los tres coches de pasajeros, del mate­rial más anti­guo de RENFE. Coches de la serie 5000, de depar­tamen­tos, mal pintados, sucios y sin calefacción. Subimos y nos aposenta­mos, ocho en cada departamento. En esto llegó el sar­gento Eustaquio y ordenó que bajáramos unos cuantos a cargar las provisio­nes del bar. ¡Aún quedaban cosas por cargar!
En nuestro departamento dormitaba un veterano de nuestra ba­tería, de quien no recuerdo el nom­bre. Sólo recuerdo que tenía inci­sivos draculoides y des­perta­ba a la gente por la noche cuando tenía imaginaria para venderles un submarino. Este magnífico ejemplar del géne­ro humano se quedó mirando a los guris que allí estábamos y nos dirigió un sabio aserto:
- Va, coño, bajad a cargar todo eso. No pensaréis que voy a bajar yo, ¿ver­dad?
Otro que había llegado a la máxima cima de su vida, era bisabuelo. Y no se le podía contradecir. Así que los putos guris baja­mos del tren, nos acercamos a un jeep que había junto a la vía y cargamos las provisiones del bar a base de irlas subien­do al tren en sucesivos viajes. Aquello parecía una plantación de algodón de Alabama en 1860. De un momento a otro iba a apa­recer por allí la Señorita Escar­lata montada a caballo a ordenarnos que cargára­mos el Acue­ducto en el tren.
Pero no. Apareció Urco con su Pelotón de Circulación. Cuando todo el mundo estaba en el tren, los PCs tomaron posi­ciones junto a las puertas de los vagones. Eran los únicos que iban armados: subfusil Urco, Cetme los artilleros. Uno de ellos era Paniagua, guri como yo. El chico haría carrera y llegaría a cabo primero.
- Fíjate, me han hecho del partido comunista.
- Ya, ya veo. ¿Y qué hacéis exactamente?
- No sé, nos han dicho que cuando el tren pare hemos de bajar a vigilarlo.
- ¿A vigilarlo? ¿Por qué? ¿Se lo va a llevar el enemigo?
- Yo qué sé, tío.
Y, efectivamente, cuando el tren paró, al poco rato de salir de Segovia, los PCs saltaron aguerridamente al suelo -dos se cayeron- y se desplegaron en torno al convoi. Urco dirigía la maniobra con el aplomo del cabo Rusty. La imagen era suges­tiva: en me­dio de la in­mensa estepa castellana, un tren parado y veinte infelices armados comandados por un demente profesio­nal esperando la aparición del enemi­go. Éste, juicioso, había decidido no apa­recer, pues el casco de Urco ofrecía una peli­grosidad manifiesta. Y mucho más lo que había debajo, la Nada Absoluta. Habría tres o cuatro para­das más hasta llegar a des­tino. Ignoro si fueron impu­tables a RENFE o entraban den­tro del programa de actividades castrenses previsto. En cada una de ellas se repitió el patético número de los PCs.
Arrancamos de nuevo. Unos cuantos guris de la Plana del Segundo dimos un paseo por el tren. Todas las ventanillas del tren apa­recían cubiertas de multitud de chupitas, camisas y pan­talones colga­dos para se­car­se. En los dos coches de Segunda via­jaba la tropa, el coche mixto Pri­mera-Bar lo ocupaban su­boficia­les y oficiales. Curiosamente, las ventanas de este coche no tenían ninguna prenda de ropa tendida.
A media tarde llegamos a Medina del Campo, importante nudo ferro­viario. Los PCs se desplegaron por el andén, mien­tras los fe­rroviarios cambiaban de cabeza a cola la locomotora del tren, pues allí haríamos inversión de marcha. Los PCs, en el andén, aparecían aún más ridículos que en campo abierto. E inú­tiles, pues se acercó un cocacolero al tren -un espía del ene­migo, por supuesto- y no hicieron nada por impedirle el paso. Hasta le compraron latas de Fanta limón.

sábado, 2 de enero de 2016

Aspariegos 1

A la semana siguiente de terminar el entrenamiento inten­sivo dirigido por La Tulipe nos fuimos a Zamora a hacer unas maniobras de brigada. Nuestro regimiento formaba parte de la Brigada de Caballería Jarama, compuesta por regimientos varios de caballería y arti­llería acuartelados en Segovia -no­sotros-, Vallado­lid, As­torga y Salamanca. El lema de la Briga­da pre­si­día el bonito come­dor de tropa del regimiento, y era el mis­mo del Ca­pitán Trueno: "Santiago y cierra Espa­ña".
La semana de margen entre el fin de la tortura y la mar­cha de maniobras no fue precisamente de vacaciones. An­duvi­mos va­rios días acarreando baúles llenos de cosas desde la batería hasta los camiones aparcados en la plaza del Lagarto. Urco dirigía las operaciones con total profesionalidad y efi­cacia, sin arrugarse el uniforme lo más mínimo. Cada vez que se cru­zaba por los pasi­llos con Súper­happy, le espetaba ale­gremente:
- ¡Féli, ya ti llenao tre camióne!
Tal afirmación provocaba la justa réplica de De la Cruz:
- ¡Su puta madre! ¡Como si los hubiera cargado él, y no nosotros! ¿Por qué no se calla, al menos?
Finalmente llegó el gran día. Antes de tocar diana, Mon­toya, el tirador nato, ya se encontraba trasteando en su ta­quilla. Él no venía de maniobras y ese día entraba de guar­dia, por supuesto. Sonó el teléfono de la fu­rrielería y lo cogió el imaginaria, Gaspar, un tipo de Oropesa del Mar. Él tampoco iba de maniobras.
Al fin tocó la corneta. Montoya, con toda la fuerza de sus pulmones, entonó el grito ritual, aunque no le correspon­día a él, sino al imaginaria. Gaspar le dejó hacer.
- ¡¡¡BATERÍA, DIANA!!!
En el fondo, a aquel hombre le gustaba la mili.
Y venga, la historia de siempre. Formar, recuento, romper filas, mear, lavarse, subir a desayunar... De nuevo en la ba­te­ría, recibimos órdenes de seguir empaque­tando cosas. Aunque pare­ciera increí­ble, todavía quedaban trastos por car­gar en los ca­miones. Andaba yo cargando una de las máqui­nas de escri­bir de la fu­rrielería cuando me fue dado observar una imagen que per­manece­rá en mi retina hasta el fin de los tiem­pos: Ur­co ves­tido con traje de campaña.
Vestía el uniforme de faena habitual, pero un ele­mento nuevo le confería un aspecto fasci­nante: llevaba un casco en la cabeza. Un casco tipo alemán, que le hacía aún más acha­pa­rrado y cua­drado de lo que ya era. Al casco se le aña­dían va­rios correa­jes y un bra­zalete en el brazo, con la ins­crip­ción PC en le­tras blancas sobre dos franjas, una negra y otra roja. Aque­llo empeza­ba a ser fascinante. Corrían por la batería otros indivi­duos también tocados con casco y con el brazale­te de marras. Luego nos en­teramos que PC que­ría de­cir Pelotón de Circula­ción, y las per­sonas que lo lleva­ban estaban desti­nadas a una alta misión que más tarde se ex­plica­rá.
Urco me ordenó que me diera prisa con la máquina. A todo el mundo le decía que se diera prisa. Por lo visto, estaba ansio­so de ir a comunicar a Súperhappy que el último camión había sido cargado y que la operación había terminado. Efecti­vamente, carga­mos el último camión a toda prisa y luego nos pa­samos una hora esperando en la plaza del Lagarto. Urco y los del PC habían desa­parecido. Velasco comía chocola­te. De la Cruz se acer­có y le pidió un poco.
- No, el chocolate es mío.
- Va, tío, dame un poco de chocolate, hombre -insistió De la Cruz con su sonrisa más encantadora-.
- No, es mío - respondió Velasco con su cara más agria-.
- Va, coño, no digas bobadas. Dame un poco, por favor.
- No, no y no. Es mío, ¿te enteras? Mío. El chocolate es mío. Y me lo como yo.
Aún no habíamos salido del cuartel y Velasco estaba empe­zando a dar muestras de cierto dese­quilibrio mental. To­tal, que De la Cruz le encargó a Juan Domingo, el orde­nanza de nuestra bate­ría, una tableta de chocolate, que luego com­partimos. Los or­de­nanzas tenían pase para entrar y salir del cuartel a dis­cre­ción y aceptaban todo tipo de encargos, siempre que el encargador pagara por adelantado. 

viernes, 1 de enero de 2016

Regimiento 5

A punto de acabar nuestro máster en instrucción de orden cerrado, psicodrama bélico y teórica con coronel yayo incluido (y el Titulcia su Curso de Amanuenses) nos fue dado conocer a nuestro sargento primero. Cuando llegamos a la Plana del Segundo el hombre estaba de permiso. Todos los veteranos nos decían que “uy, va veréis cuando vuelva el sargento primero”. Y sí, la verdad es que volvió, lo vimos, y ¡uy, lo que vimos!
Todo el mundo lo conocía como Urco, y la verdad es que cuando apareció ante nuestros ojos lo entendimos enseguida. Si ese hombre hubiese participado en el rodaje de “El planeta de los simios” no hubiese necesitado maquillaje. Claro, directo, su frase preferida cuando algún artillero hacía algo que no le cuadraba era: “Esteee... ¿Usted a qué aspira?” La primera respuesta que nos venía a la cabeza era “Mire, a marcharme de aquí y no volver más”, pero las Reales Ordenanzas Militares que nos enseñó La Tulipe desaconsejaban tal réplica. Esto incluso el Titulcia lo entendió. 
Urco era bajito y achaparrado, pero no tenía ni un gramo de grasa. Todo era músculo. En cierta ocasión, Palacios, uno de los armeros, le pidió un martillo.
- Mi sargento primero, ¿me podría dejar un martillo? Es que aquí en esta pared hay un clavo que sobresale y... 
Urco clavó su mirada en el clavo, enfocó, calculó mentalmente las coordenadas y lanzó su puño poderoso de Mazinger Z contra el clavo enemigo, que quedó hundido en la pared ante del asombro del armero.  
- Esteee.. ¿necesita alguna otra cosa, armero?
- ...N...n...no, mi sar...­gen...to pri...me...ro. Gra...ci...asss.
Antes de su llegada, todo el mundo presumía de que lo sabían llevar muy bien y que hacían lo que querían con él y que no tenían problemas, sobre todo Culo de Vaso. Cuando llegó, Culo de Vaso y todos los demás fuimos de puto culo. Era el puto amo. Esta expresión aún no se usaba hace treinta años, pero Urco era el puto amo de la batería. Luis XIV decía “El Estado soy yo”. Urco podría decir “La Plana del Segundo soy yo”.
Por aquellas épocas nos hicieron la prueba para elegir al furriel de nuestro reemplazo. A los que habíamos marcado en los formularios del CIR que sabíamos escribir a máquina (más o menos) nos ordenaron mecanografiar un texto controlándonos el tiempo. Resultó ser que yo fui el más rápido y el que hizo menos errores. El brigada Felicísimo (SuperHappy para la tropa), jefe de la furrielería, me comunicó solemnemente que yo sería el furriel de mi reemplazo, pero como aún quedaban tres furrieles en activo, que cuando se licenciara el bisabuelo me incorporaría a la oficina. Y que de momento seguiría con las torturas de La Tulipe. Ante lo cual dije “gracias”, “a sus órdenes” y me puse la gorra. Como se puede apreciar, el protocolo militar no tiene grandes secretos.